automedonte


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automedonte

s. m. culto Auriga, cochero.
Traducciones

automedonte

SM (LAm) (hum) → coachman
Ejemplos ?
Dijo, y mandó a Automedonte, el compañero querido, que la sacara de la tienda; fue éste y llevósela, y Aquileo la puso en las manos de Eumelo, que la recibió alegremente.
Sin dilación cogió Automedonte el magnífico látigo y saltó al carro. Aquileo, cuya armadura relucía el como el fúlgido Sol, subió también y exhortó con horribles voces a los caballos de su padre: —¡Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga!
Así habló. Alcimedonte, subiendo en seguida al veloz carro, tomó el látigo y las riendas, y Automedonte saltó a tierra. Advirtiólo el esclarecido Héctor; y al momento dijo a Eneas, que a su vera estaba: —¡Eneas, consejero de los teucros, de broncíneas corazas!
Por más que Automedonte, hijo valiente de Diores, los aguijaba con el flexible látigo y les dirigía palabras, ya suaves, ya amenazadoras; ni querían volver atrás, a las naves y al vasto Helesponto, ni encaminarse hacia los aqueos que estaban peleando.
Tal dijo, e infundió gran vigor a los caballos: sacudieron éstos el polvo de las crines y arrastraron velozmente el ligero carro hacia los teucros y los aqueos. Automedonte, aunque afligido por la suerte de su compañero, quería combatir desde el carro, y con los corceles se echaba sobre los enemigos como el buitre sobre los ánsares; y con la misma facilidad huía del tumulto de los teucros, que arremetía a la gran turba de ellos para seguirles el alcance.
El Pelida, saltando como un león, salió de la tienda; y no se fue solo, pues le siguieron el héroe Automedonte y Alcimo, que eran los compañeros a quienes más apreciaba después del difunto Patroclo.
Dijo el veloz Aquileo, y levantándose, degolló una cándida oveja: sus compañeros la desollaron y prepararon, la descuartizaron con arte; y cogiendo con pinchos los pedazos, los asaron cuidadosamente y los retiraron del fuego. Automedonte repartió pan en hermosas canastillas y Aquileo distribuyó la carne.
En un tajón que acercó a la lumbre, puso los lomos de una oveja y de una pingüe cabra y la grasa espalda de un suculento jabalí. Automedonte sujetaba la carne; Aquileo, después de cortarla y dividirla, la clavaba en asadores; y el hijo de Menetio, varón igual a un dios, encendía un gran fuego; y luego, quemada la leña y muerta la llama, extendió las brasas, colocó encima los asadores asegurándolos con piedras y sazonó la carne con la divina sal.
Delante de todos se pusieron dos hombres armados, Patroclo y Automedonte; los cuales tenían igual ánimo y deseaban combatir al frente de los mirmidones.
Hallóle solo —sus amigos estaban sentados aparte—, y el héroe Automedonte y Alcimo, vástago de Ares, le servían, pues acababa de cenar, y si bien ya no comía ni bebía, aún la mesa continuaba puesta.
Viole al fin su compañero Alcimedonte, hijo de Laerces Hemónida; y poniéndose detrás del carro, dijo a Automedonte: —¡Automedonte!
¡Insensatos! No sin derramar sangre habían de escapar de Automedonte. Este, orando al padre Zeus, llenó de fuerza y vigor las negras entrañas; y en seguida dijo a Alcimedonte, su fiel compañero: —¡Alcimedonte!