atemorizarse

atemorizarse

(atemoɾiˈθaɾse)
verbo pronominal
pasar a sentir gran miedo No te atemorices, que todo saldrá bien.
Ejemplos ?
Los Tuatha Dé Danann llevaron cuatro tesoros mágicos a Irlanda: La caldera del Dagda La lanza de Lugh La piedra de Fal La espada de Nuada La lanza, como casi cualquier instrumento de guerra, es símbolo fálico y de gran poder, simboliza la fortaleza debido a que es recia y no debe vencerse, ni atemorizarse ante el enemigo.
Pero su nombre está asociado también a uno de los crímenes más enigmáticos que han sacudido esta sociedad ávida de horrores con los que atemorizarse por las noches.
Esteban Garrido, cabo de armas del rey Alfonso XI, realizó numerosas hazañas, entre las que hay que destacar el que encontrándose solo y rodeado de moros que lo atacaban, no fue su fin, porque en lugar de atemorizarse, dando su muerte por segura, se llenó de valor y les atacó, matando a dos de ellos y abriéndose camino, manteniendo a raya a los que trataban de rodearlo de nuevo, de modo que los moros, asustados ante tanta bravura, optaron por dejarlo, huyendo desordeadamente.
Ambos Ayaces, Odiseo y Diomedes enardecían a los dánaos en la pelea; y éstos en vez de atemorizarse ante la fuerza y las voces de los teucros, aguardábanlos tan firmes como las nubes que Zeus deja inmóviles en las cimas de los montes durante la calma, cuando duermen el Bóreas y demás vientos fuertes que con sonoro soplo disipan los pardos nubarrones; tan firmemente esperaban los dánaos a los teucros, sin pensar en la fuga.
Pasó que mientras corría, Francisquito tropezó, y cayendo de bruces al suelo, del hilo se desprendió. Lejos de atemorizarse, por el contrario consideró; seguir solito su vuelo, planeando así su ilusión.
32 Y vienen al lugar que se llama Gethsemaní, y dice á sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que yo oro. 33 Y toma consigo á Pedro y á Jacobo y á Juan, y comenzó á atemorizarse, y á angustiarse.
Soltó la presa, que se tornó a sumir en la tierra, y allegando con los pies la que había apartado, se tornó a subir arriba, dando cuenta a las damas de lo que pasaba, que, cuidadosas de su tardanza, le esperaban, de que no se mostraron poco temerosas; tanto que, aunque don Gaspar quisiera irse luego, no se atrevió, viendo su miedo, a dejarlas solas; mas no porque pudieron acabar con él que se acostase, como otras veces, no de temor del muerto, sino de empacho y respeto, de que, cuando nos alumbran de nuestras ceguedades los sucesos ajenos, y más tan desastrados, demasiada desvergüenza es no atemorizarse de ellos, y de respeto del Cielo, pues a la vista de los muertos no es razón pecar los vivos.