argivo

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argivo, -va

 
adj.-s. De Argos o de la Argólida
p. ext.Natural o perteneciente a la Grecia antigua.
Ejemplos ?
Atena ::Porque el iba creído de que era en sangre vuestra que se manchaban sus manos. Ulises ::Por tanto, él tramaba contra los argivos: ¿no es eso?
El anciano se fue irritado; y Apolo, accediendo a sus ruegos, pues le era muy querido, tiró a los argivos funesta saeta: morían los hombres unos en pos de otros, y las flechas del dios volaban por todas partes en el vasto campamento de los aqueos.
Tengo el corazón traspasado de dolor, y creo que ya, argivos y troyanos, debéis separaros, pues padecisteis muchos males por mi contienda, que Alejandro originó.
Reparando la tercera vez en Ayante, dijo el anciano: — ¿Quién es esotro aqueo gallardo y alto, que descuella entre los argivos por su cabeza y anchas espaldas?
Como el nubarrón, impelido por el céfiro, avanza sobre el mar y se le ve a lo lejos negro como la pez y preñado de tempestad, y el cabrero se estremece al divisarlo desde una altura, y antecogiendo el ganado, lo conduce a una cueva; de igual modo iban al dañoso combate, con los Ayaces, las densas y oscuras falanges de jóvenes ilustres, erizadas de lanzas y escudos. Al verlos, el rey Agamemnón se regocijó, y dijo estas aladas palabras: —¡Ayaces, príncipes de los argivos de broncíneas corazas!
Los argivos, al acometerlos Ares y Héctor armado de bronce, ni se volvían hacia las negras naves, ni rechazaban el ataque, sino que se batían en retirada desde que supieron que aquel dios se hallaba con los teucros.
Pues, entonces, de Helena por el rapto, a los principales hombres de los argivos había empezado Troya hacia sí a incitar, Troya, indecible, común sepulcro de Asia y Europa, Troya, de los hombres y las virtudes todas acerba ceniza, 90 la que también a nuestro hermano la triste muerte le infirió.
ISMENE A mí, ninguna noticia, Antígona, de mis seres queridos, ni placentera ni dolorosa me ha llegado desde que las dos fuimos privadas de ambos hermanos, que murieron en un solo día por mano recíproca: y después que se ha marchado el ejército de los Argivos en la noche de ahora, nada sé más, ni para ser más feliz ni para ser más desgraciada.
Cuando ambos ejércitos se hubieron acercado el uno al otro, apareció en la primera fila de los troyanos Alejandro, semejante a un dios, con una piel de leopardo en los hombros, el corvo arco y la espada; y blandiendo dos lanzas de broncínea punta, desafiaba a los más valientes argivos a que con él sostuvieran terrible combate.
Entonces se levantó el rey Agamemnón, empuñando el cetro que Hefesto hiciera para el soberano Jove Cronión —éste lo dio al mensajero Argifontes; Hermes lo regaló al excelente jinete Pélope, quien, a su vez, lo entregó a Atreo, pastor de hombres; Atreo al morir lo legó a Tiestes, rico en ganado, y Tiestes lo dejó a Agamemnón para que reinara en muchas islas y en todo el país de Argos—, y descansando el rey sobre el arrimo del cetro, habló así a los argivos: —¡Amigos, héroes dánaos, ministros de Ares!
ntonces Palas Atenea infundió a Diomedes Tidida valor y audacia, para que brillara entre todos los argivos y alcanzase inmensa gloria, e hizo salir de su casco y de su escudo una incesante llama parecida al astro que en otoño luce y centellea después de bañarse en el Océano.
A los que se veía remisos en marchar al odioso combate, los increpaba con iracundas voces: —¡Argivos, que sólo con el arco sabéis combatir, hombres vituperables!