Ejemplos ?
También Nataniel sentía en su interior una ardorosa voluptuosidad, rodeó la cintura de la hermosa Olimpia y cruzó con ella la multitud de invitados.
La hora augusta, callada y ardorosa del meridiano universal sosiego, cuando la Tierra extática reposa bajo su blanca túnica de fuego...
Cayeron en su frente ardorosa, y la refrescaron; cayeron en sus labios sedientos, y obraron como vino y pan reparadores; cayeron también sobre su pecho, y le infundieron una sensación de alivio, de deliciosa fatiga.
Cogió la madre a su hijo, va con alma, y apretándolo contra un corazón que saltaba de miedo y de ilusión ardorosa, entró con él por los senderos del paisaje.
Mi cuello triste sin rumor de dientes sucumbe loco a su ardorosa fiebre sin más alientos de excitados cuerpos con que calmaba tanta sed de versos Y sin las manos que me florecían sembrando fuego para mis cenizas, sólo me queda arrinconarme al manto con que me cubra un corazón mecánico.
Allí arrodillada, sus vestidos y cabellos en el más completo desorden, su hermoso rostro bañado en lágrimas, aún más hermoso en la aflicción, imploraba con la más dolorosa angustia, con la fe más ardorosa, a la amorosa madre de los afligidos.
Naturalmente que, por el ruido de los disparos, nosotros supimos esa mañana que el combate había comenzado y, como a las 9 existía gran excitación en las calles y muchos soldados dispersos, levemente heridos, habían llegado ya a esa hora a la ciudad. El tren que arribó a Chorrillos trajo también a muchos heridos, por lo que vimos que la batalla había sido ardorosa.
Se encaminan hacia la calle. La mañana se abraza ardorosa con el sol opaco. La neblina parece haber huido ante tanto humo vehicular y fabril.
Después, alguien se inclinaba por la ventana de mi alcoba y apoyaba su frente ardorosa contra las piedras de la balaustrada, recibiendo el viento en el rostro: era yo.
Eran tan profundos el sosiego y la calma, que pesaron sobre el alma agitada de Ismena como el ambiente sereno, pero sofocador, que precede a la tormenta. Apoyó su ardorosa frente en la reja de la ventana que daba al patio, negra y dorada como su existencia!
-¡Sí, fíate de apariencias!, marmoteó la fúnebre. Decidiéndose, cogidas de la mano -que la de la vida tenía ardorosa y la otra como un témpano-, penetraron en el molino.
No llegan con la vista al sol, ni á la luna, ni á las estrellas, por donde los torrentes de luz ardorosa que lanza sobre ellos el primero, y la luz tibia y plateada en que los baña la luna, proceden para ellos de un manantial oculto.