Ejemplos ?
Y con tal expresión de extrañeza hubo de decir esto el Curruquero, que hízole exclamar a la anciana con acento irónico: -¡Pus por mo de quién pensaba usté que había sío!
Entonces oyó una voz que le dijo: -Da a los pobres que tienen hambre y me contentarás a mí. Una pobre anciana tendía su mano temblona a la puerta de la iglesia a los transeúntes.
Era un espléndido saúco, un verdadero árbol, que llegó hasta la cama, apartando las cortinas. Era todo él un cuajo de flores olorosas, y en el centro había una anciana de bondadoso aspecto, extrañamente vestida.
Plantábamos tallitos en el suelo y hacíamos un jardín. -Sí -replicó la anciana-, lo recuerdo bien. Regábamos los tallos; uno e ellos era una rama de saúco, que echó raíces y sacó verdes brotes y se convirtió en un árbol grande y espléndido; este mismo bajo el cual estamos.
La iglesia estaba llena de gente, todos los sitios estaban ocupados y cuando la anciana quiso sentarse en el banco en que lo hacía siempre, le encontró lleno de gente.
La anciana entró en su casa temblando y dio gracias a Dios de rodillas porque había hecho por ella mucho más de lo que podía desear ni comprender.
-le preguntó la vieja, poniéndose un puño en la cintura y apoyándose con la otra en la escoba. Joseíto sonrió a la anciana, que con casi maternales desvelos habíalo atendido, y -Sí, señora -le repuso-, y si no fuese por...
El sol estaba ya muy alto sobre el horizonte cuando se sentaron al pie de un árbol para desayunarse; y en aquel mismo momento se les acercó una anciana que andaba muy encorvada, sosteniéndose en una muletilla y llevando a la espalda un haz de leña que había recogido en el bosque.
Hablando, hablando, a la hora del desayuno se lo ha contado a las compañeras, una mujer ya anciana, aguardentosa de voz, seca de calcañares, amarimachada, que fuma tagarnina, y una mozallona dura de carnes, tuerta del derecho, con magnífico pelo rubio todo empolvado y salpicado de motas de tierra, a causa de la labor.
Puesto que hubo fin la anciana a su faena, salió de la sala, y una hora después penetraba Paco el Piri en el patio de la casa, donde ya le aguardaba la Golondrina sentada junto al arriate, mientras la señora Rosario, sentada también a poca distancia de ella, parecía dormir con la barba sobre el escuálido seno.
Y lívida, descompuesta por la ira, penetró la señá Pepa en el patio y nunca más que en aquel instante mereció el Pórvora su mote, pues todavía no había llegado al promedio del patio la irritadísima anciana, cuando ya él habíase puesto a salvo de sus garras, mientras Pepita corría en dirección a la puerta de la calle, y la señá Rosalía procuraba calmar en su justa indignación a su comadre, diciéndole con acento resignado: Si yo se lo decía a usté, si eso ya se sabe; si es que no se pué una fiar ni de la tierra que se pisa; si es que bien dice el refrán, que donde menos se piensa...
Y la vieja, después de soltar en otra el lío de sus artículos de venta, sentóse en una silla, la cual crujió de modo amenazador bajo la imponente balumba de la anciana.