Ejemplos ?
Ríen, se divierten, oyen requiebros, se enredan en nuevos amoríos, se emperifollan, se casan, engañan o no engañan al que las elige, le ocultan lo pasado, a veces hasta se lo cuentan con cinismo impávido...
Los tres hermanos, cabelludos y flacos, prez de vagos, durante el día tomaban abundantes baños de sol y al oscurecer se trajeaban con el fin de ir a granjear amoríos entre las perdularias del arrabal.
Contaba, pues, sus necios amoríos e inventaba amorosas aventuras, y entre sus mal fraguados desvaríos contaba de don Félix las venturas, contaba de una dama misteriosa las encubiertas citas, y contaba, en la noche silenciosa, del dichoso don Félix las visitas.
Este numen me habló así (dudo si fue el verdadero Cupido o la ilusión de un sueño, pero me inclino a lo último): «¡Oh tú, que, solícito, ya enciendes, ya extingues las llamas de Venus, Ovidio!; añade a tus lecciones este precepto mío: represéntese cada cual el cuadro de sus males, y olvidará sus amoríos.
En la época del sitio del Callao, Valero acababa de cumplir treinta y tres años y era el perfecto tipo del galán caballeresco. Sus compañeros del ejército de Colombia, siguiendo el ejemplo de Bolívar, eran prosaicos y libertinos en asunto de amoríos.
Y vio que había en el techo Una escarpia asegurada, Y en el arcón, enrollada, Miró la cuerda fatal; Y desplegándose toda Su existencia ante sus ojos Su insensato le dio enojos Panorama criminal. No había en él más que juegos, Pendencias y desafíos, Disolutos amoríos, Y crímenes por doquier.
Nunca se le había ocurrido que aquella niña, que hacía tan poco tiempo se le subía por las rodillas y jugaba con muñecas, pudiera de repente pensar en amoríos y en matrimonio.
Triunfan mil enormes vicios sobre el proscenio, y la ufanía, el falso pundonor, el duelo, el rapto, los ocultos y torpes amoríos, contra el desvelo paternal fraguados, y todas las pasiones son impune- mente sobre las tablas exaltadas.
Alentado por su franqueza en el delicado asunto de la edad, me extendí en los pormenores de mis defectos, e hice plena confesión de mis flaquezas morales y físicas. Hablé de mis imprudencias en los días de colegio, mis extravagancias, mis juergas, mis deudas, y mis amoríos.
Ciertos amoríos con una «pícara» chalequera de profesión -¡o vaya usted a saber!-, determinaron severidades del padre, honrado industrial, dueño de un importante establecimiento de ferretería; vino la tirantez, el rompimiento y, por último, la desaparición del muchacho.
No se sabía si la joven tenía vocación o no, pero su tía se fundaba en lo primero porque no era amiga de galanteas ni amoríos, habiendo despreciado a algunos muchachos del pueblo que, a pesar de sus pocos años, le habían declarado su pasión, dedicándole serenatas con canciones alusivas a ella, que solo habían inspirado risa o lástima a la hija del alcalde.
Verlos allí, de coleto, de chambergo, con el aparato romántico de bandidos del siglo XVI, que cantan los novelescos amoríos de su jefe; verlos después en el subterráneo donde reposan las cenizas del sommo Carlo, embozados en sus viejas capas y con sus birretes de lacia pluma, echándola de tremendos conspiradores...