Ejemplos ?
Ahora entraba el nuestro: el “Caballero Carmelo”. Un rumor de expectación vibró en el circo: – ¡El Ajiseco y el Carmelo! –¡Cien soles de apuesta!… Sonó la campanilla del juez y yo empecé a temblar.
Los partidarios del ajiseco sostuvieron que el malatabo no había jugado limpio; pues no debía la victoria a su ñeque o pujanza, sino al amuleto o reliquia que lo hacía invencible.
Tras de la puerta de la barbería ó al pi6 de la mesita de trabajo, y entre el cerote, las hormas y el tirapié, estaba amarrado el malatobo, el ajiseco el cenizo 6 el cazili.
El dueño del malatobo no consintió nunca que otro individuo sino él en persona amarrase la navaja a su gallo, cosa propia de un verdadero aficionado y tolerada por el reglamento del coliseo. Aquella tarde el malatobo iba a habérselas con un ajiseco claro, machetón, de pata culebreadora, vencedor en cuatro lidias.
Para la séptima pelea, que era de a pico y no de a naranja como las anteriores, había reservado el condesito un gallo que contaba más victorias que Napoleón. Era un carmelo-tostado o ajiseco, cabeza rota, cola blanca, remontador alegre y de más estampa que un San Miguel.
Incorporado el Carmelo, como un soldado herido, acometió de frente y definitivo sobre su rival, con una estocada que lo dejó muerto en el sitio. Fue entonces cuando el Carmelo, que se desangraba, se dejó caer, después que el Ajiseco había enterrado el pico.
Careados los gallos, ambos se remontaron a la altura de una vara sin supeditarse en el vuelo: tomaron tierra, y el ajiseco se le prendió a la mecha al malatobo: éste zafó con malicia arrastrando el ala izquierda, y mientras el ajiseco culebreaba en vago, su contrario le clavó la navaja hasta el su único hijo.
Mi padre, rodeado de algunos amigos, se instaló. Al frente estaba el juez y a la derecha el dueño del paladín Ajiseco. Sonó una campanilla, acomodáronse las gentes y empezó la fiesta.
Retrecheros, mirándose de soslayo como quien quiere y no quiere, y midiéndose el uno al otro, ganando el ajiseco un paso de terreno y ladeándose el machetón, así estuvieron sin querer definir por un minuto largo, minuto de profundo silencio y de indescriptible ansiedad para los espectadores.
El Ajiseco dio la primera embestida; entablóse la lucha; las gentes presenciaban en silencio la singular batalla y yo rogaba a la Virgen que sacara con bien a nuestro viejo paladín.
El Longaniza, prieto desparramado, de Chuquitanta. El Diablito cojo, pintado, de Hervay. El Sacristán, ajiseco, de Limatambo. El Invencible, retinto, de Bujama.
Dentro de un mes toparía al Carmelo, con el Ajiseco, de otro aficionado, famoso gallo vencedor, como el nuestro, en muchas lides singulares.