Ejemplos ?
La silla de posta seguía una calle de huertos, de caserones y de conventos, una calle antigua, enlosada y resonante. Bajo los aleros sombríos revoloteaban los gorriones, y en el fondo de la calle el farol de una hornacina agonizaba.
Hallábanse francas todas las puertas, y viejos criados con hachas de cera nos guiaron a través de los salones desiertos. La cámara donde agonizaba Monseñor Estefano Gaetani estaba sumida en religiosa oscuridad.
Paróse frente a una reja de la calle de las Armas, donde ya era casi inútil, porque casi agonizaba, la luz de una triste imagen de la Virgen de las Ansias, y, con fiero desenfado, después de apagar la lámpara, mandó preludiar un aire, y así cantó con voz clara: «Sevilla, por ser en todo »madre de las esperanzas, »desde el patio de la Cárcel »permite ver la Giralda; »y yo, constante cautivo, »en la noche más cerrada, »contemplo tus bellos ojos »desde el fondo de su alma.» Tosido de hembra se escucha...
Agonizaba el día. El Sol, circundado de nubes cenicientas, besaba el horizonte. Por el sendero del norte, que en la mañana recorriera, ágil y jovial, la comitiva, volvían ahora, taciturnos y graves, con su noble jefe a la cabeza, los soldados de Sumaj Majta.
En la flaqueza del rostro, y en las ropas que pendían holgadas de los miembros resecos, se adivinaba el porqué de ese aspecto decrépito y precozmente senil: aquel hombre agonizaba, agonizaba de hambre y de sed.
Mientras, los ingratos hijos de la Tierra se solazaban en su felicidad de nuevos ricos, sin pensar que la madre agonizaba en una espantosa miseria moral.
En los países latinos, el proudhonianismo agonizaba, como en Alemania lo que había de específico en el partido de Lassalle, y hasta las mismas tradeuniones inglesas, conservadoras hasta la médula, cambiaban de espíritu, permitiendo al presidente de su congreso, celebrado en Swansea en 1887, decir en nombre suyo: “El socialismo continental ya no nos asusta”.
La lámpara que ardía sobre la mesa, donde ella estaba sentada, agonizaba, y el extremo inferior de la habitación estaba ya más que oscuro a medias.
La atroz obra de crueldad se había cumplido; habían conseguido lo que querían. En vez de la criatura inocente de toda culpa, allá arriba no había sino un cuerpo de tigre que agonizaba rugiendo.
Ambos contrajeron una enfermedad. El uno había muerto, y el otro agonizaba. Y la madre tomó al último llorando, y lo llevó a Nuestra Señora Santa María, a quien dijo: ¡Oh María, mi Señora, ven en mi ayuda, y socórreme!, yo tenía dos hijos gemelos y, en la hora de ahora, he enterrado al uno, y el otro está a punto de morir.
Fausto auroral surgió del horizonte; Y a la sangrienta luz que despuntaba, Y en el aroma del cercano monte, Y en las perlas de un trino de sisonte, ¡ay! La madre infeliz agonizaba.
Cayeron de sus pedestales como los antiguos ídolos sin que nada lograra sustituirlos. ¡Y sentí que mi mundo agonizaba! Un laberinto me carcomía y una angustia se acrecentaba a cada momento en mi espíritu transformando los dorados sueños de mi primavera en lacónicos panoramas.