Ejemplos ?
Cuando oí el tono con que pronunciaba aquellas palabras y el modo como agarraba su mano, comprendí que aquel era el motivo de su vida.
Vi que se abría por el centro y que la vida del hombre sujeto al mástil pendía de un hilo nada más; pero él se agarraba fuertemente.
En la planta baja había una mujer muy guapa haciendo saltar a un niño chiquito en sus brazos, mientras otra diminuta criatura la agarraba del delantal.
¡Dios del cielo! Nataniel sostenía en el aire a Clara, que aún se agarraba con una mano a la barandilla. Lotario se apoderó de su hermana con la rapidez de un rayo, y golpeó en el rostro a Nataniel obligándole a soltar la presa.
Tengo mucho frío, déjame entrar en tu cama. »En ese momento sentí una mano helada que me agarraba por el cuello. Reuní todas mis fuerzas y exclamé: »–¡Satán, vete de aquí!
Callaron, pendientes, a su vez, del dramático momento. La señorita se agarraba a una reja, y se sostenía en alto, para librarse de los reptiles.
Después se acordó de su boda, de sus tiempos de antaño del primer embarazo de su mujer; estaba muy contento también él el día en que la había trasladado de la casa de sus padres a la suya, cuando la llevaba a la grupa trotando sobre la nieve, pues era alrededor de Navidad y el campo estaba todo blanco; ella se agarraba a él por un brazo mientras que del otro colgaba su cesto; el viento agitaba los largos encajes de su tocado del País de Caux, que le pasaban a veces por encima de la boca, y, cuando él volvía la cabeza, veía cerca, sobre su hombro, su carita sonrosada que sonreía silenciosamente bajo la chapa de oro de su gorro.
Y Rufina, con los ojos ardientes, como si fuera a devorar a su marido, le agarraba de la pechera, zarandeando rudamente a aquel hombrón.
A cada problema, a cada trance crítico, a cada desengaño, a cada caída del cielo, Severo agarraba su lima bienhechora, y pase va y pase viene, se administraba el soberano medicamento de la indiferencia.
Yo pensaba sisear; pero me pareció que una mano firme, gigantesca, me agarraba de los pelos y con blandura me suspendía, elevándome sobre el asiento de la butaca.
Pillín pateaba como un gatito panza arriba sobre la alfom­bra del salón, mostrando sus rosadas desnudeces, lanzando aullidos a falta de palabras, diciendo, sin duda, en el misterioso lenguaje de la lactancia, que su mamá era una loca; y ella, ajando sus vestidos lujosos, que se llevaban la mitad de la paga del fiscal, moviendo grotescamente su linda cabecita despeinada, andaba a gatas en torno del bebé, hacía el perro para asustarle, y si sus gracias arrancaban una risita al mimado príncipe de Asturias, entonces llegaba a la demencia de su borrachera cariñosa, se agachaba sobre él, le agarraba la cabezota enorme cubierta de pelillos rubios...
El cuerpo muerto, que nada hacía, pero cuyo espectro, el fantasma de la playa, seguía al caminante solitario, se agarraba fuertemente a él y le pedía que lo llevase al cementerio y le diese cristiana sepultura.