Ejemplos ?
Sabes quién soy, y no es justo que lo hecho en tu casa ignores por mí: yo traje aquí el ruido de las fiestas de mi corte; porque yo he sido aquí rey medio día y una noche: y he traído la alegría, la luz, la fe, los amores, la poesía, el delirio de mis leyendas, las voces de mis gnomos de la Alhambra y el turbión de mis visiones; y aquí hemos hecho tal fiesta y de placer tal derroche, que otros tales en Granada no recuerdan hembra ni hombre. Mas soy yo un Rey sin vasallos, sin guardias ni aduladores, que a mi pueblo no doy leyes, sino que él me las impone.
Le anuncié la situación a que orillaban, los ataques que provocarían para el propio general Calles y por último que las explotarían los políticos enemigos del Gobierno y aduladores del general Calles.
Mandar a ocho millones de súbditos sumisos, obedientes y dóciles; ser señor de vidas, honras y haciendas; tener oro, mucho oro, favoritos, aduladores; poder cometer con la mayor frescura las más grandes equivocaciones o injusticias, no subsanarlas sino mantenerlas para que el prestigio no se lastime, paliarlas, dorarlas y excusarlas con las frases convenientes de orden general, razón de estado, para el buen gobierno, etc., mortal ¿qué quieres más?
Para prevenir semejantes desastres, jefes respetables rodeados de la gratitud nacional ocurrieron oportunamente á los medios suaves de la insinuación: escritores sabios é imparciales han declamado contra los abusos, pero sus votos por desgracia se han desatendido y el clamor general no ha podido vencer la barrera impenetrable que forman regularmente los aduladores al derredor de los gobernantes.
El vulgo de las artes laborioso, el mercader que necesario al lujo al lujo necesita, los que anhelando van tras el señuelo del alto cargo y del honor ruidoso, la grey de aduladores parasita, gustosos pueblen ese infecto caos; el campo es vuestra herencia; en él gozaos.
Todo este mal causaban a César mañosamente sus aduladores, que, lo uno le cercaban de honras invidiosas; lo otro, de noche, a sus estatuas las ponían diademas, para provocar con estas insignias que le aclamase el pueblo, no dictador, sino rey, que era el nombre aborrecible entonces.
Y cuando una mano poderosa y benéfica de quien sabe mejor que los aduladores de las naciones lo que nos falta que andar, nos anima señalándonos gloriosos ejemplos, cuando una Reina ilustre y un Monarca bien intencionado tratan los primeros de llevarnos a la posible perfección, retardada, acaso, no por culpa de sus excelsos antecesores, sino tal vez por la sucesión de revoluciones desgraciadas que han afligido siempre nuestro país, en esta ocasión, ¿no se nos permitirá tampoco proclamar esta luminosa verdad, que un español fiel vierte en cooperación de los altos fines de sus Reyes?
Así es que cuando el predicador se hallaba más embelesado en la sacristía, recibiendo plácemes de sus allegados y aduladores, fue sorprendido por un ayuda de campo del virrey que en nombre de su excelencia le invitaba a comer en palacio.
Vio cerca el picacho de la montaña donde anidaba el águila, y sacando fuerzas de flaqueza llegó hasta lo más alto, diciéndose que allí encontraría abundante comida, puesto que los halconeros se habían puesto de acuerdo con la reina de las aves; pero el águila, al verle tan estropeado y sucio, le recibió con ademán amenazador; y por más que él afirmase que era el hijo del príncipe, le replicó que era un solemne embustero a quien iba a castigar por su audacia; y al decir esto encogió las garras, abrió el pico y levantó el vuelo para caer con más fuerza sobre el joven, que se consideró perdido y comenzó a lamentarse amargamente de haber dado crédito a los aduladores.
Leporelli, cuyo almacén había prosperado, como prospera todo negocio sencillo, sencillamente manejado, empezaba a considerar como legítimo fruto de suprema habilidad suya la aceptación tan trabajosamente consentida por él en otros tiempos, de la quinta de Musterini, en pago de su obligación; y cuando alguno de los numerosos aduladores a quienes siempre junta el éxito, aludía a la fortuna enorme que, antes de pocos años, iba a representar esa propiedad para su feliz poseedor, con gesto de hombre acostumbrado a acertar en todos sus negocios, guiñaba el ojo, dejando entender que, al hacerse dueño de ella, bien sabía lo que hacía, y que el pobre Musterini no había podido con él.
Había pipotes de médicos y muchísimos coronistas, lindas piezas, aduladores de molde y con licencia, y en las cuatro esquinas estaban ardiendo por hachas cuatro malos pesquisidores, y todas las poyatas (que son los estantes) llenas de vírgines rociadas, doncellas penadas como tazas.
Cantemos el oro, porque él da los palacios y los carruajes, los vestidos a la moda, y los frescos senos de las mujeres garridas; y las genuflexiones de espinazos aduladores y las muecas de los labios eternamente sonrientes.