Ejemplos ?
que vertiendo quejas, me esquivas tu dulce miel; en vano de una te alejas si ves que miles de abejas poblando van el verjel. ¡Ay de la rosa encarnada, que en su seno de carmín niega a una abeja la entrada!
Los niños piensan en la abeja al saborear la miel; y cuando las llamas de los cirios brillan como estrellas en el altar de la Virgen, todos saben que yo he producido la cera.
Una abeja interfirió con reverencias a la reina e informó: —Su majestad, lo atrapé cuando estaba durmiendo sobre nuestras bellas flores— —Yo no sabía que el lugar donde me había dormido era de usted.
Si encontráis que lo que os diré es verdad, admitidlo, y si no, combatidlo con todas vuestras energías, teniendo cuidado de que yo mismo no esté engañado y que os engañe con la mejor voluntad y que no me separe de vosotros como la abeja que deja su aguijón clavado en la herida.
(Así la miel del hombre es la poesía Que mana de su pecho dolorido, De un panal con la cera del recuerdo Formado por la abeja de lo íntimo.) La miel es la bucólica lejana Del pastor, la dulzaina y el olivo.
Tío Damián, en un movimiento noble y ardiente de su vieja alma, curtida y embalsamada por el aroma de tanta flor como había respirado -alma de abeja afanosa y dulce-, estalló, y cogiendo la mano de Enrique, la mojó con humedad de llanto.
-El campesino me respeta y me quiere porque sabe que le soy útil, y me pone una colmena bien cómoda y abrigada, mientras a ti te desprecia. Cuando me ve, dice: -¡Una abeja!
siempre acompañada te goces del deseo que me anima, más años que agradable flores esparce en la húmeda ribera la alegre primavera; y nunca el cielo oprima la dulce risa de tu rostro hermoso con disgusto enojoso, permitiendo que goce yo las flores (como fiel mariposa o cual dorada abeja, que su aliento chupa, y en ellas forma su alimento) de tus dulces amores, ¡oh mi Lucinda hermosa!
Y al fin le han servido de limpiadera las mejores y más hermosas manos del mundo, según aquel: La mano de marfil es muy forzoso que al culo de su dueña haya llegado. Y lo merece todo, porque también, sin ser abeja, hace cera o cerote (que así dicen de los medrosos).
Tu miel, aroma y colores, rinde en amante oblación, flor, ante cuyos primores, mustias é inútiles flores las flores del valle son. El néctar mas regalado deja que de amores loco beba en tu labio abrasado; para una abeja es sobrado lo que para muchas poco.
Vio maltratar a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sentó entre ellos como un hermano viejo, a enseñarles las artes finas que el indio aprende bien: la música, que consuela; la cría del gusano, que da la seda; la cría de la abeja, que da miel.
Oyose otro zumbido y una voz que dijo: -Pues hace muy mal. Eran de una abeja estas palabras. Se detuvo en una de las rosas de la casa de Bartolomé Esteban y chupó el néctar, mientras el zángano la miraba de través.