Ejemplos ?
Ya fiero bando con gritos su muerte o prisión pedía, cuando se oyó en los distritos del monte de Leganitos del Cid la trompetería. Entre la Monclova y Soto tercio escogido emboscó, que viendo cómo tardó, se acerca, oyó el alboroto, y al muro se abalanzó.
María de los Ángeles se ocupaba en colocar en la cesta destinada a su hijo la botella de café, cuando la sorprendió el toque de alarma y, soltando aquellos objetos, se abalanzó hacia la puerta frente a la cual pasaban a escape con las faldas levantadas, grupos de mujeres seguidas de cerca por turbas de chiquillos que corrían desesperadamente en pos de sus madres.
Casi sin saber lo que hacía, cogió del suelo una ramita seca y la levantó hacia el perrito, y el perrito dio un salto con las cuatro patas en el aire, soltó un ladrido de satisfacción y se abalanzó sobre el palo en gesto de ataque.
El funcionado se abalanzó sobre ella en una perfecta convulsión de alegría, la abrió con mano temblorosa, arrojó una rápida ojeada a su contenido, y entonces, agitado y fuera de sí, abrió la puerta y sin ceremonia de ninguna especie salió del cuarto y de la casa, sin haber pronunciado una sílaba desde que Dupin le había pedido que hiciera el cheque.
Saltó de la cama con una agilidad animal de mono o de gato y se abalanzó sobre mi herida que empezó a chupar con una voluptuosidad indescriprible.
Furioso, se abalanzó el dragón contra su intrépido contrarío, dándose tal calamochazo en la cabeza contra la luna, que quedó aturdido; y como había roto el espejo, y en cada pedazo vio una de las partes de su cuerpo, infirió de esto que con el golpe se había hecho él mismo pedazos.
Cuando esto oyó Rodolfo, llevado de su amoroso y encendido deseo, y quitándole el nombre de esposo todos los estorbos que la honestidad y decencia del lugar le podían poner, se abalanzó al rostro de Leocadia, y, juntando su boca con la della, estaba como esperando que se le saliese el alma para darle acogida en la suya.
Y cuando, a la cuarta vez, quiso doblar y romper la lanza de fresno del Eácida, acercósele Aquileo y con la espada le quitó la vida: hirióle en el vientre, junto al ombligo, derramáronse los intestinos, y las tinieblas cubrieron los ojos del teucro, que cayó anhelante. Aquileo se abalanzó a su pecho, le quitó la armadura; y blasonando del triunfo, dijo estas palabras: —Yaz ahí.
Una noche, inspirado por su amor, se abalanzó al pedacito de cera que ella usaba para el hilo, se lo guardó en el bolsillo del chaleco y se lo llevó.
Terminó de hablar la zorra, y el ciervo, lleno de vanidad con aquellas palabras, caminó decidido a la cueva sin sospechar lo que ocurriría. Al verlo, el león se le abalanzó, pero sólo logró rasparle las orejas.
Estaba tan cerca ya, que con una de sus brazadas vigorosas hubiera podido llegar y agarrarse; pero una montaña de agua verde altísima se abalanzó sobre él y el barco desapareció.
Pero estaba tan enamorado del hada que a toda costa quería cogerla. Se abalanzó hacia ella y cayeron los dos en el precipicio. Retumbó en el bosque un ruido parecido al golpe de un cuerpo, y aquello fue todo.