Ejemplos ?
Y un rictus con sabor a tango se me rebota por la sangre a saltos donde se agolpa por salir a flote la blanca espuma de maduros odres.
No se engañaba. Buen amigo, que sí lo era en efecto, descolgóse a saltos, lengua afuera, la cola en alboroto. Impasible, la señá Rufa permaneció en su puesto.
Sí, porque a pesar de todo, todo progresa en este país; pero el progreso será lento, difícil, a saltos, y no casi milagroso como en los Estados Unidos, donde se explota la agricultura y no al agricultor.
Cuando este toca al término de su descensión, el ave misteriosa emprende la marcha, caminando a saltos pequeños y sin abandonar la costa en que viene a romperse el oleaje de crestas de oro.
Pero, de improviso, dos o tres levantan a modo de árganas los alones mostrando el abrigo interno blanco como la espuma, y emprenden a saltos la fuga.
—Dales chinaza a los de avanzada, sin pijotearles. Ciriaca se encaminó a saltos, evitando las “rosetas”, agachose y fue pasando el “chifle” de boca en boca.
Todos corrimos con silenciosa furia a los escombros. Los ladrillos volaban, los marcos caían desescuadrados y la remoción avanzaba a saltos.
Al fin sólo queda, en medio de un fondo blanco, algún título pomposo, renglones medio borrados, caminos por donde ha ido el corazón como a saltos, quizá una lágrima tierna, gota de hiel o de bálsamo con que piadosos ungimos las cenizas del pasado...
Un silbido sonó y Alegría volvió la cabeza para ver si estaban todos. Cinco hombres caminaban subiendo a saltos, y buscándose los cuchillos en la cintura.
Por más que muchas veces me he preguntado si todo aquello no sería un caso de neurosis literaria, un ‘’tic’’ del vasto pródromo de la mujer nueva, de esa maquinilla ilustre e iletrada, lectora a ratos y a saltos, que se llena de sabiduría sin cimientos y masca novelas como si mascara goma perfumada.
Era letra de la condesa, su letra «de antes», cuando tenía firme el pulso, clara la vista, roja y fuerte la sangre... Desató el paquete y leyó a saltos, al azar.
Carlota lanzaba un grito, bajaba a saltos la escalera, cubría de besos al pequeñuelo y se retiraba encendida como una amapola, con la convicción de haber ejecutado algo muy inconveniente, algo reprobable...