Ejemplos ?
Jorge, a tientas, se dirigía al piano, y como cuando tocaba a obscuras, cerrando los ojos de noche, tocaba ahora, sin cerrarlos, al mediodía...
Bien lo vale.— Como quien dice:—¡Se compra, porque no habrá quien lo pague! Y el vulgo, que atento le oye, se queda a obscuras como antes.
El virrey Abascal, ese virrey a quien debe Lima su cementerio y la mejor escuela de Medicina de América, y bajo cuyo gobierno se recibió la última partida de esclavos africanos, que fueron vendidos a seiscientos pesos cada uno. Pero por más que interrogamos al setentón nada pudimos sacar en limpio, porque él estaba a obscuras en punto a la adivinanza.
El salón a que nos referimos se hallaba casi a obscuras, que nombre de alumbrado no merece una mortecina lámpara de aceite, puesta sobre una mesa con tapete de paño negro, y delante de un crucifijo, a cuyos pies se veía una espada desnuda.
El vino, en Saumur, no cuesta nada, y se ofrece aquí vino como en las Indias una taza de té. Pero, dijo Grandet continuando, está usted a obscuras; malo, malo, es preciso ver claro lo que se hace.
Para mí no hay amarguras, Ni pesares ni disgustos Me dan sustos, Y aunque diz que surco a obscuras El mar de esta vida corta, Poco me importa.
No la mía: la de todos. Cerrando los ojos, a obscuras en mi habitación silenciosa, yo trataba de representarme el momento terrible.
Una vez terminada la limpieza había quedado el templo casi a obscuras, pues no lo alumbraban más que las lamparillas colocadas cerca de la Virgen del Amparo y delante de un Cristo que había a la entrada de la iglesia.
¡No le he dado pocos cuando éramos amigos! De manera que ahora...». Cuando entraron en el teatro estaba a obscuras. Las convidadas esperaban ya.
Subió la escalera a tientas, reparó al llegar a otra puerta cerrada, en que iba a obscuras; encendió un fósforo, abrió la puerta que tenía delante, entró en la portería, contigua al salón principal; encendió un quinqué, de petróleo, que aún tenía el tubo caliente, pues era el mismo con que momentos antes se había alumbrado; entró con su luz en el salón de la Biblioteca, buscó sus libros y manuscritos, que tenía separados en un rincón, y a los cinco minutos trabajaba con ardor febril, olvidado del mundo entero, sin oír los disparos que sonaban cerca.
Arial, cuando nadie le veía, de noche, a obscuras, se sentaba delante del Erard de su hijo, y cerrando los ojos, para que las tinieblas fuesen absolutas, por instinto, como él decía, tocaba a su manera melodías sencillas, mitad reminiscencias de óperas y de sonatas, mitad invención suya.
Notó, entre nuevos tártagos, que había anochecido. La habitación estaba completamente a obscuras. Echó la mano fuera para buscar las cerillas.