Mas de allí… tras la persiana de mi balcón, que caía a los jardines, veía noche y día coquetear a Rosa, llevando ufana en redor sus cien galanes: y al fin con tantos afanes pensé de un golpe acabar.
Son lluvia de amatistas los racimos de las abiertas lilas. La humilde violeta, que se pierde entre el césped, semeja a las pupilas de brillo azul tras la persiana verde.
Sentada en un taburete el brazo ebúrneo coloca en un velador cuadrado, que cubre
persiana estofa, y en que matizadas flores dan al ambiente su aroma, en vasos de porcelana de extraño barniz y forma.
Ángel de Saavedra
Su verdadera cara era la que se mostró en la persiana entreabierta: habría puesto en fuga al más resuelto de los cosacos de 1815, a quienes, sin embargo, les gustaban todas las francesas.
Carlos miró, y, a través de la persiana bajada, vio junto al mercado, en pleno sol, al doctor Canivet que se secaba la frente con su pañuelo.
Sobre un plantel de plátano se abría mi ventana; y aprovechando yo las horas noche y día, detrás de su persiana forjé la poesía que al vulgo alucinó.
Intimidado por la expresión rígida de sus ojos acusadores los cerró del mismo modo que hubiera bajado una persiana abatida por el viento en una noche de otoño.
El calavera temerón escoge a veces para su centro de operaciones la parte interior de una
persiana; este medio permite más abandono en la risa de los amigos, y es el más oculto; el calavera fino le desdeña por poco expuesto.
Mariano José de Larra
Las blancas hojas de persiana se abrieron, y en el umbral apareció una esbelta y risueña morena, embutida en tenue vestido de color de rosa, en el cual se admiraba a un tiempo la sencillez y la elegancia.
Poco a poco se fueron extinguiendo todas las luces; la casa de enfrente quedó como la de Rafael, envuelta en la sombra, y entonces oyó el joven el ruido de una persiana que se abría.
Se imaginaba que desde la mirilla de la
persiana de algunos de esos palacios lo estaba examinando con gemelos de teatro cierto millonario «melancólico y taciturno».
Roberto Arlt
Habían convenido ella y Rodolfo, que en caso de que aconteciese algo extraordiario, ella ataría a la persiana un papelito blanco mojado, para que, si por casualidad él se encontraba en Yonville, acudiera a la callejuela, detrás de la casa.