Subercasaux encendía temprano el
horno, y los ensayistas, encogidos por el frío y restregándose las manos, sentábanse a su calor a modelar.
Horacio Quiroga
La tierra removida exhalaba vaho de horno, que los peones soportaban sobre la cabeza, envuelta hasta las orejas en el flotante pañuelo, con el mutismo de sus trabajos de chacra.
Vio el
horno ardiente de la fábrica donde, soplando, le habían dado vida; recordó que hacía un calor sofocante en aquel
horno estrepitoso, lugar de su nacimiento; que mirando a sus honduras le habían entrado ganas de saltar de nuevo a ellas, pero que, poco a poco, al irse enfriando, se fue sintiendo bien y a gusto en su nuevo sitio, en hilera con un regimiento entero de hermanos y hermanas, nacidas todas en el mismo
horno, aunque unas destinadas a contener champaña y otras cerveza, lo cual no era poca diferencia.
Hans Christian Andersen
―dijo haciendo crujir los dientes de un modo espantoso. Diciendo esto me arrojó al horno, cuya llama prendía ya mis cabellos. ―Ahora ya tenemos ojos, ¡ojos!
La botella comprendía todas las palabras que se decían, pues lo hacían en la lengua que oyera en el
horno vidriero, en casa del bodeguero, en el verde bosque y luego en el barco: la única vieja y buena lengua que ella podía comprender.
Hans Christian Andersen
justa, colectiva, eterna. Málaga sin padre ni madre ni piedrecilla, ni horno, ni perro blanco! Málaga sin defensa, donde nació mi muerte dando pasos y murió de pasión mi nacimiento!
A veces, sin embargo, el ronquido monótono del
horno no los animaba bastante, y recurrían entonces al gramófono, que tenía los mismos discos desde que Subercasaux se casó y que los chicos habían aporreado con toda clase de púas, clavos, tacuaras y espinas que ellos mismos aguzaban.
Horacio Quiroga
No corre ni una ráfaga perdida que temple de la atmósfera el bochorno, y el aura de la tierra desprendida, exhalada parece de algún horno: y dijeran que humea próxima a vomitar la oculta llama, si el relámpago pronto centellea y el ronco trueno en las alturas brama.
El remoto dolor de los pañuelos que aletean de adioses en la playa; las velas de cien barcos bajo el sol, que parece que un gran lirio se hubiera deshojado en la rada; las nubecillas huérfanas que entristecen los cielos con la miseria de su buche de agua; la alegría lustral del primer diente que en la frescura del pezón se clava y en la inquietud de una cabeza negra la aguja cruel de la primera cana; el alba, cuando bajo los rayos del ordeño se amanece de leche la penumbra del ánfora; el pan de trigo antes de entrar al horno...
Aprendió a interrumpir a cada instante sus trabajos para correr a retirar la leche del fuego o abrir el
horno humeante, y aprendió también a traer de noche tres baldes de agua del pozo —ni uno menos— para lavar su vajilla.
Horacio Quiroga
“Muy bien”, respondieron. Caminaron apresuradamente. Llegaron junto al horno semisubterráneo. Quísose que soportasen burlas. “Tomemos pues aquí nuestras bebidas fermentadas, y que cuatro veces cada uno de nosotros extienda los brazos, oh engendrados”, fue dicho por Supremo Muerto.
Es de hombres de prólogo y superficie–que no hayan hundido los brazos en las entrañas humanas, que no vean desde la altura imparcial hervir en igual horno las naciones, que en el huevo y tejido de todas ellas no hallen el mismo permanente duelo del desinterés constructor y el odio inicuo, –el entretenimiento de hallar variedad sustancial entre el egoísta sajón y el egoísta latino, el sajón generoso o el latino generoso, el latino burómano o el burómano sajón: de virtudes y defectos son capaces por igual latinos y sajones.