Ejemplos ?
Porque los hombres tenían la conciencia exacta de sí mismos. ¿Queréis acabar de una vez con vuestros males? -les dijo Siva-. ¿Queréis morir?
-Y tenemos estas y estas fallas y aquellas y las otras miserias -proseguían diciendo los demás, enumerando el cúmulo de males y defectos de que entonces, como ahora, se hallaban plagados los hombres. -Es cosa hecha -dijo Siva, viendo la decisión de la humanidad entera.
Nadie podrá repro­ducir obras ajenas sin permiso de su propietario, ni aún para anotarlas, adicionarlas ó mejo­rar la edición: pero cualquiera podrá publicar como de su exclu­siva propiedad comentarios, crí­ticas y notas referentes á las mis­mas, incluyendo sólo la parte del texto necesario al objeto.
Pasó la noche, durante la cual los hombres no hicieron otra cosa que sorber por la nariz aquella especie de éter mágico; y cuando tornó a brillar la luz, vino Siva de nuevo a renovar sus proposiciones de muerte.
-Y así, todos iban repitiendo; -¡Morir yo, que siento arder en mi frente la llama del genio; yo, que soy fuerte; yo, que soy hermoso, yo, que seré inmortal! Siva no daba crédito a sus ojos, y unas veces le daban ganas de rabiar y otras de reír a carcajada tendida ante el espectáculo de tan ridícula transformación.
Visnú, con mucha sorna, y dándole un golpecito en un hombro, se inclinó al oído de Siva y le dijo en voz muy baja: -Les he dado el amor propio.
Cuando hayas leído los cuatro Upanisad y los Vedas todos; cuando hayas hecho penitencia cien años en lo más intrincado del bosque, comiendo aire y bebiendo tus lágrimas; cuando hayas secado tu sangre y atrofiado tus nervios; cuando hayas pronunciado cien millones de veces la misteriosa sílaba ¡Aum! que contiene las tres letras símbolo de Brama, Visnú y Siva...
Esta es a la vez una religión de una exuberancia sensualista y de un ascetismo mortificador de la carne, una religión de Lingam Religión de Lingam : culto a la deidad de Siva extendido particularmente entre la secta india meridional de los lingayates (de linga, símbolo de Siva) que no reconoce las diferencias de casta y rechaza los ayunos, los sacrificios y las peregrinaciones.
Los hombres aceptaron, y Siva dejó su presa refunfuñando entre dientes, porque conocía el ingenio y la travesura de su competidor.
Cuando se fue, quedé mareado, exactamente como cierto día de verano, en que un poeta cordobés, Brandan Caraffa, me leyó los cuatro actos de un drama y tres metros y medio de un poema dedicado a las vacas de Siva.
Aludimos a la Maia o Maya de la mitología india; diosa casada alternativamente (según los Vedas) unas veces con Brahma y otras con Siva (que el Registro civil de los dioses falsos no está muy claro en ningún pueblo), de la cual dice uno de sus biógrafos estas peregrinas especies: «Maya es la Naturaleza divinizada; la madre universal de todos los seres; el principio fecundador femenino y pasivo; y como el mundo no es más que apariencia e ilusión, Maya, madre del mundo, es también la madre de las ilusiones, o la ilusión personificada.» Convengamos en que un filósofo alemán de nuestros días no se hubiera explicado con más claridad ni con mayor frescura.
Visnú, la potencia conservadora dilatándose alrededor de todo lo creado, lo envolvió en su ser como si lo cubriese con un inmenso fanal. Siva, el genio destructor, se mordía los codos de rabia.