Ejemplos ?
Un gusanillo pequeñísimo, escondido, cobijado, encerrado y domiciliado allí, que se dedicaba a roer su madriguera... (Diálogo.) ROSALBA.- ¿Cómo te gustaría a ti que fuese?
¿Rubio, pelicastaño, ala de cuervo sombrío? AURINA.- Ninguno de esos pelos. ROSALBA.- ¿Rojo? Es de traidores... AURINA.- Hay traidores de todos los pelajes.
AURINA.- Dice el Catecismo que los enemigos nos persiguen en todas partes. No veo por qué dejarían de perseguirme en esta casa. ROSALBA.- Aquí no hay más que una amiga que te quiere de veras.
Tan peripuesto, tan amigo de divertirse. ROSALBA.- Acaso por eso... no nos entendemos enteramente... en ciertas ocasiones... AURINA.- (Besándola.) Y conmigo, ¿te entiendes?
AURINA.- Pues, chúpate el dedo y verás el camino que llevas. Mira: las de tu calaña me exasperan a mí. ¿Qué te propones en el mundo? ROSALBA.- ¿Y tú? AURINA.- ¡Me gusta!
Al nacer, nos meten en la mano el limoncillo de la vida. Estrujarlo, hija, a ver qué sabor tiene el zumo. ROSALBA.- Agrio. No, amargo.
AURINA.- Porque no sabes echarle azucarillo. ROSALBA.- Échale cuanto azúcar quieras, un tinajón de melaza; entre el empalago ha de sobresalir, siempre y por último, la amargura.
AURINA no contesta; se levanta y se mira al espejo; sonríe a su imagen, se atusa el pelo que lleva peinado en tejadillo saliente y bufante, estilo modernista, y se arregla los chorritos de gasa que adornan el delantero de su blusa azul, toda incrustada de medias lunas de encaje amarillento. ROSALBA.- (Benévola.) ¿Qué haces, loquinaria?
ROSALBA enmudece: silencio triste y reprobador.
ROSALBA.- (Estremecida.) ¡Qué helada tienes la boca criatura! AURINA.- (Riendo.) ¿Es que mis dientes de nieve la enfrían? Bonito, ¿eh?
Pienso que estemos mucho tiempo juntas: digo, a no ser que te me cases. ROSALBA.- O que te me cases tú, que será más probable; a tí te sobra gancho, y a mí no me dio Dios asomo de él.
AURINA.- Paso revista a la infantería, a la artillería y a la caballería. ROSALBA.- ¿Aquí? Aquí no hay batallas. ¿Dónde está el enemigo?