Ejemplos ?
-Que Dios te bendiga, Rosario. -Venga usté con la Santísima Virgen, señá Rosalía. -¿Y tu madre? -Ha dío por el pavo trufao pa el almuerzo y ya tardará mu poco.
-El cartero -exclamó la anciana a la vez que, -Carta de mi José -decía, incorporándose, pálida y con la respiración anhelosa, Rosalía.
-Eso sí, güena voz y mu poquita vergüenza -murmuró la señá Rosalía saliendo de la habitación, no sin posar antes en su sobrina una mirada henchida de reproches.
¡Ay, señá Pepa, y qué cosas más cansinas que son los años! -Sí que lo son, señá Rosalía, y oiga usté, su niña de usté, ¿qué? -Por lo que usté más quiera en el mundo, que no me platique usté de mi niña, que esa es la que me va a quitar a mí del mundo con ese desatino que le ha entrao por el Pórvora, ya ve usté, el Pórvora, un arma mía que no tiée en toíta su presona carne con que jacer una albóndiga, y aluego con más pescuezo que un pato; pero ¡lo que semos las mujeres!
-¿De quién querrás tú que sean, guasón? De la señá Rosalía la vendeora, que las ha dejao aquí tan y mientras va a ca de la señá Paca, la tocinera de la esquina.
¡Cómo va a ser mío to esto! Es, te digo, de la señá Rosalía, que de aquí a un rato vendrá a recogerlo. -To eso es mentira te digo yo.
Bajo del magnífico Bacará, que está a un costado del jardín, hacia a la izquierda, frente a las ventanas del salonsito de estudio; el que tú y Rosalía decían, era mi árbol, pues siempre que se me buscaba, me encontraban allí.
-La mesmita, que no la puée ver, poique como ella se pensó que poique yo le icía cuatro tontunas había yo ya perdío por su cara y por su porte los papeles, pos cuando yo me casé con mi rosa de Jericó, pos a ella le entró el dislocamiento y se casó na más que de rabia que le dio con Robustiano, y como el hombre to lo que le sobra son talegas, y como está más loco que un cencerro por la Rosarillo, pos ésta es la que pica la torva en el molino, y ca vez que quiée mete la mano jasta el co en la faltriquera de su hombre, y como de alguna jechura se tiée que vengar, pos no jace más que dalle chingares a mi Rosalía con toícos los jarambeles que la merca su hombre...
pa mi niña, como si estuviera pintao al olio, y cá día más emperrá por él. ¡Ay, qué Pórvora de mis pecaos! -¿Pero quién es ese Pórvora, señá Rosalía? -¡Y qué sé yo quién es, ni de qué juronera ha salío!
Porque pa eso se necesita una presona que haiga visto bailar a esa maravilla de Estepa -dijo Rosalía la Pirulita, sonriendo maliciosamente.
La azotea, la blanquísima azotea, cegaba con el blancor de sus bien enjalbegados muros y con los espléndidos tonos de las flores, que en numerosas macetas adornaban el murete corno una greca florida, a los ardientes rayos del sol que parecía querer incendiar el zafir de los cielos y el cristal purísimo del espacio. Rosalía, inclinada sobre el muro y asomando la cabeza por entre dos de las florecientes macetas, inspeccionaba con inquieto mirar la riente lejanía.
-Pos que un divé se lo premie a usté, señá Rosalía, y no tenga usté cudiao, que si yo consigo que se case conmigo esa maravilla, usté va a ser la encargada de comprarlo to, pero que to, pero que jasta las vueltas bordás de la camita camera.