Racine


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Racine

 
C. del N de E.U.A., en el estado de Wisconsin, entre Milwaukee y Chicago; 84 298 h (área metropolitana, 117 408 h).
Ejemplos ?
Muere en Madrid en 1830. Tradujo La religión de Louis Racine en 1786 y publicó un Desengaño de malos traductores, en ese mismo año.
Formi creía en una Grecia parecida a los paisajes de Poussin; en cuanto a los dioses y a los héroes se los figuraba demasiado parecidos al Gran Condé, al ilustre Spínola y a Francisco I. Veía a Eurípides a través de Racine; amaba a Grecia según se la imponía la Francia del siglo de oro.
Le instamos al estudio, al conocimiento del hombre; no le bastará como al clásico abrir a Horacio y a Boileau y despreciar a Lope o a Shakespeare; no le será suficiente, como al romántico, colocarse en las banderas de Víctor Hugo y encerrar las reglas con Molière y con Moratín; no, porque en nuestra librería campeará el Ariosto al lado de Virgilio, Racine al lado de Calderón, Molière al lado de Lope; a la par, en una palabra, Shakespeare, Schiller, Goethe, Byron, Víctor Hugo y Corneille, Voltaire, Chateaubriand y Lamartine.
Para ver una obra de buena ley y bien representada es preciso ir al teatro Francés 28, en el cual alternan con el viejo repertorio de Corneille, Racine y Molière las poquísimas producciones contemporáneas que logran la honra de ser admitidas allí.
Amaba a Molière y deliraba por Racine, pero prefería a Scarron y aun se deleitaba con los poetas de tercer orden; era la cortesana hecha artista; para ella el galanteo y la poesía se fundían en el arte del bel canto y de la declamación académica, afectada, falsa y estirada; no tenía más religión que la del pentágrama y la cesura del alejandrino; desafinar o destrozar un hemistiquio era el colmo del mal; engañar a un amante, tener ciento, burlarse de todos los hombres del mundo, le parecía asunto de poca monta, ajeno por completo a la jurisdicción de la moral.
Caminaba al tranco de su montura; y en el instante que bajaba la barranca por las inmediaciones de dos colosales ombúes, más hacia el Norte del antiguo muelle de piedra, por su actitud melancólica y por el descuido con que dejaba descansar las bridas sobre las crines de su Oscuro, con nadie habría podido comparársele con mayor exactitud que con el Hipólito de Racine, cuando condenado a la muerte por el Destino salía gobernando sus corceles por las puertas de la ciudad de Tresena.
¡Qué posición la de Romeo, expirante en brazos de Julieta, vuelta a la vida desde el sepulcro para ver morir a Romeo, para imprimir en su frente marchita el beso de muerte, para recibir en sus brazos las agonías del amor, para aspirar con sus labios el último aliento de su amante! Esto es lo que no se encuentra en el clásico Racine, esto es lo que sólo es lícito a la sublime osadía de Shakespeare.
Tiene su Pope, bardo moralista y filosófico: tiene su Byron, el poeta de las tinieblas, que resplandece como Luzbel en el acto de estar rebelándose contra el Todopoderoso: tiene su Burke, su Chatham, oradores a la antigua, suerte de Cicerones y Demóstenes que recuerdan los grandes tiempos de Atenas y Roma. Francia no es para menos: Corneille, Racine y Molière volverían inmortal ellos solos el mundo, no digamos su patria.
Orso coronando a Petrarca en el Capitolio a nombre de Italia y su siglo; la Universidad de París rindiendo homenaje al ermitaño de Vaclusa; el rey de Nápoles, Roberto, el sabio rey, saliendo al encuentro del poeta con la diadema en la mano, dieron en tierra con la falsa gloria de Aquilano, y levantaron a Francisco Petrarca una estatua impalpable, más preciosa que el oro, más sólida que el bronce. La misma táctica hemos visto después en contra de Racine, quien tuvo también no pocos envidiosos denigradores.
Por eso el clasicismo de Racine i Boileau no pudo arraigar en España, que se manifestó romántica con Lope de Vega i Calderón, antes que Alemania pon Tieck i Schlegel, antes que Francia con Madame Stael i Chateaubriand.
Por eso el clasicismo de Racine y Boileau no pudo arraigar en España, que se manifestó romántica con Lope de Vega y Calderón, antes que Alemania pon Tieck y Schlegel, antes que Francia con Madame Stael y Chateaubriand.
Era permitido que un Belloi se alabase un poco de los versos duros y mal hechos de su Sitio de Calais; porque toda su existencia se fundaba en esta pieza, tan insípida como engañosa. Pero si Racine hubiera hablado así de Ifigenia, hubiera irritado á sus lectores.