Petrarca


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Petrarca

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Dante, Petrarca, el Ariosto, el Tasso en poesía; Miguel Ángel, Rafael en buenas artes; en política, son figuras gigantescas cuya sombra se extiende por el porvenir, cuyo resplandor alumbra las futuras generaciones.
Uno de los mejores ejemplares de Canciones de inocencia y de experiencia fue hecho especialmente para él. Admiraba a Alain Chartier, a Ronsard, a los dramaturgos de la época isabelina, a Chaucer, a Chapman, a Petrarca.
Sus ojos, como los de Laura, inspiran platónicos y casi místicos afectos, y hacen que un moro, como Ibn Zeidún, escriba canciones más finas que las del Petrarca, merced á la Princesa Walada, que era asimismo poetisa.
Tú no fuiste práctico, sublime guerrero, poeta que soñaste y realizaste la independencia de cinco naciones semisalvajes, para venir a morir, bajo techo ajeno, sintiendo dentro de ti la suprema melancolía del desengaño, a la orilla del mar que baña tus natales costas; ni tú tampoco, pobre genovés soñador que le diste un mundo a la Corona de España, para morir entre cadenas; ni tú, manco inmortal, que pasaste miserias sin cuento; ni tú, florentino sublime que con el alma llena de las ardientes visiones de tu Divina Comedia, mendigaste el pan del desterrado, ni tú, Tasso, ni tú, Petrarca, ni tú, pobre Rembrandt, ni tú, enorme Balzac, perseguido por los ruines acreedores, ni vosotros, todos, ¡oh!
Álvaro de Luna; el 4 a Laura, la novia de Petrarca; el 5 a Egmont y Horn, el 8 a Jorge Sand; el 10 a Camöens; el 11 a Bacon; el 12 a Xavier de Maistre, el 14 a Kleber; el 17 a D.
A mi señor Durall estrechamente abrazá de mi parte, si pudierdes. Doce del mes d’otubre, de la tierra do nació el claro fuego del Petrarca y donde están del fuego las cenizas.
Al triunvirato literario de Dante, Petrarca y Boccaccio, a los hombres que en el Renacimiento fijaron la lengua nacional, debe oponerse el triunvirato político de Garibaldi, Cavour y Mazzini, de los hombres que en el siglo XIX contribuyeron más a la consumación de la unidad italiana.
–No sé qué responderos –dijo Peralta– si no es traeros a la memoria dos versos de Petrarca, que dicen: Ché qui prende dicleto di far fiode, Non si de lamentar si altri l'ingana.
Esto no afecta a Petrarca: el frío amante no dice verdaderamente sino tiernas generalidades; además, Petrarca es romántico, no lírico.
Vino Calvillo, de fustán vestido, de patas de conejos guarnecido, griguiesco y saltambarca, más amante de Laura que el Petrarca, por una gata deste nombre propio, aunque parezca en gatos nombre impropio; pero si llaman a una perra Linda, Diana, Rosa, Fátima y Celinda, bien se pudo llamar Laura una gata picebruñida como tersa plata.
En la soledad del camarote edificaba mi espíritu con largas reflexiones, considerando cuán pocos hombres tienen la suerte de llorar una infidelidad que hubiera cantado el divino Petrarca.
(Petrarca) A la primera luz de un día del verano de 1811, atravesaba, saludado por el centinela del piquete, el abierto espacio de terreno que hoy se llama Plaza del 25 del Mayo, un jinete joven condecorado con las insignias de capitán de Patricios.