Matara

Matara

 
Distrito de Sri Lanka, en la prov. Meridional; 1 247 km2 y 730 000 h. Cap., la c. homónima (38 843 h).
Ejemplos ?
Tú mismo, siguió diciendo Sócrates, ¿no te enfadarías muchísimo si uno de tus esclavos se matara sin orden tuya y no le castigarías con todo rigor si pudieras?
MARSILLA. Me matara mi dolor, si fuera Isabel perjura: mi constancia me asegura la firmeza de su amor. Con espíritu gallardo, si queréis, daré mi vida: dada el alma y recibida, fiel al dueño se la guardo.
Y así que tuvo la funesta nota ordenó a Belerofonte que lo primero de todo matara a la ineluctable Quimera, ser de naturaleza no humana, sino divina, con cabeza de león, cola de dragón y cuerpo de cabra, que respiraba encendidas y horribles llamas; y aquél le dio muerte, alentado por divinales indicaciones.
Y fui a un rincón de la casa, donde nadie me viese, y me arrodillé y pedí a Dios que me matara antes de que dejase morir a aquella santa mujer.
¿O es que cree usted, amigo don Miguel, que sería el primer caso en que un ente de ficción, como usted me llama, matara a aquel a quien creyó darle ser...
Separándolos, exclamó entre sollozos: ―¡Locos, salvajes, tendréis que matarme a mí antes que uno de vosotros caiga!, porque ¿cómo podría seguir viviendo en este mundo si mi amado matara a mi hermano o mi hermano a mi amado?
Cuando Ares, funesto a los mortales, los vio venir, dejando al gigantesco Perifante tendido donde le matara, se encaminó hacia el divino Diomedes, domador de caballos.
Dichas estas palabras, arrojó a Ayante la luciente pica y erró el tiro; pero, en cambio hirió a Licofrón de Citera, hijo de Mástor y escudero de Ayante, en cuyo palacio vivía desde que en aquella ciudad matara a un hombre: el agudo bronce penetró en la cabeza por encima de una oreja; y el guerrero, que se hallaba junto a Ayante, cayó de espaldas desde la nave al polvo de la tierra, y sus miembros quedaron sin vigor.
Sabe, pues, Menelao, que no debes socorrer á éste contra la voluntad de los Dioses; deja que le lapiden los ciudadanos, ó no entrarás en la tierra espartana. Mi hija, al morir, fué castigada justamente; pero no era lícito que éste la matara.
Y tú, hijo mío, o me seguirás y tendrás que ocuparte en viles oficios, trabajando en provecho de un amo cruel; o algún aqueo te cogerá de la mano y te arrojará de lo alto de una torre, ¡muerte horrenda!, irritado porque Héctor le matara el hermano, el padre o el hijo; pues muchos aqueos mordieron la vasta tierra a manos de Héctor.
Interrogando al asesino, exclamó repentinamente Bolívar:— Mira, en el fondo de este salón, al alma de Monteagudo que te acusa de ser su asesino.— El negro se conmovió y dijo:— Yo confieso todo, pero no me maten.— Aquí le respondió el Libertador:— Descúbreme todo, y te perdono.— Dobló las rodillas el asesino, y dijo estas tremendas palabras:— El señor Sánchez Carrión me dio cincuenta doblones de á cuatro pesos, en oro, para que matara á Monteagudo, por enemigo de los ;iegros y de los pe- ruanos.
Erdosain la tomó con precaución; luego la llevó a los labios y ella ya lo miró largamente; mas Remo de pronto recordó al encadenado; él estaría ahora despierto en el establo, y sin que esto pudiera vencer la dulzura que amodorraba sus sentidos, dijo: –Mira, si vos... si usted me pidiera ahora que me matara, lo haría encantado.