La hora

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La hora   
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Ernesto Che Guevara 16 de abril de 1967 "Es la hora de los hornos y no se ha de ver más que la luz." -José Martí. Ya se han cumplido ventiún años de la última conflagración mundial, y diversas publicaciones, en distintos idiomas, celebran el final de la contienda, simbolizado por la derrota de Japón.
¡Ah de vosotros si no imploráis misericordia al pie de los altares! Llegará la hora tremenda del vano crujir de dientes y de las frenéticas imprecaciones.
Cuando sólo restaban 3 minutos para la hora inicial del bombardeo -las 11 AM-, se le comunica al general Leigh desde el Ministerio de Defensa: "Mi general, en estos momentos sale del Ministerio un jeep a La Moneda a retirar seis mujeres (...) tres minutos para comenzar el ataque".
Y cada pueblo que se libere, es una fase de la batalla por la liberación del propio pueblo que se ha ganado. Es la hora de atemperar nuestras discrepancias y ponerlo todo al servicio de la lucha.
Yo le puedo poner un helicóptero de inmediato en la Escuela Militar para que embarque toda su gente y la lleve al Aeropuerto. Pero no nos fijemos mucho, si por último nos llega la hora de la oscuridad.
Es casi la única esperanza de victoria. No podemos eludir el llamado de la hora. Nos lo enseña Vietnam con su permanente lección de heroísmo, su trágica y cotidiana lección de lucha y de muerte para lograr la victoria final.
—Si, papá —responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado. —Vuelve a la hora de almorzar —observa aún el padre.
¿Es tan fácil, tan fácil perder la noción de la hora dentro del monte, y sentarse un rato en el suelo mientras se descansa inmóvil..?
Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa. —¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora..? —murmura aún el primero.
¡Oh Dios mío! ¿qué sucedía? Me marché. Pero, ¿y la hora? ¿y la hora? ¿quién me diría la hora? Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos.
Mas a pesar de ello el contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y sucios contactos. De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que contener el desenfado de su ahijado.
Fuimos al Metropole, y desde la penumbra rojiza del palco vimos aparecer, enorme y con el rostro más blanco que a la hora de morir, a Duncan Wyoming.