La farmacia

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La farmacia   
Ejemplos ?
Cuando llegan a donde debería estar la casa, Manuel le dice, ―aquí es―, es una casa muy grande, no se puede perder, es el número 65, se ve la casa que con el número 63 y la casa siguiente está en la otra cuadra, se adelantan con el coche y ven que es el 67, ―te digo que me fijé bien―, Rebeca se baja del coche, ―bueno, ya deja buscar el famoso 65, que bueno que no es 66, ¿eh?, si fuera, ni lo buscaba―, dijo sonriendo, subieron al coche y se detuvieron en la farmacia.
Tiene en la planta baja tres columnas jónicas, y en el primer piso, una galería cde arcos de medio punto, mientras que el tímpano que lo remata está ocupado totalmente por un gallo galo que apoya una pata sobre la Carta y sostiene con la otra la balanza de la justicia. Pero lo que más llama la atención es, frente a la posada del «León de Oro», la farmacia del señor Homais.
Y el rótulo, que abarca todo to ancho de la farmacia, lleva en letras doradas: «Homais, farmacéutico.» Después, al fondo de la tienda, detrás de las grandes balanzas precintadas sobre el mostrador, se lee la palabra «laboratorio» por encima de una puerta acristalada que, a media altura, repite todavía una vez más «Homais» en letras doradas sobre fondo negro.
No podía dormir de la preocupación; desatendía la farmacia; a veces, estando la luz apagada y yo por dormirme, sentía un gran golpe en el suelo; era él que se había tirado de la cama, prendía la luz, anotaba unas cifras como si tuviera miedo de que se le escaparan...
Estaban a mi nombre, recuerdo, y más los seis mil quinientos... Había pagado unas cuentas de la farmacia... Salimos para Montevideo...
El farmacéutico no sólo tenía la ocupación de vender el agua de su pozo -que, siempre que fuera profundo, lo enriquecía- sino que además, como era el personaje más respetable del barrio, "el más sabio", era también el que recibía las confidencias de todas las personas. Ejem-plo: concurría a la farmacia una señora enferma ya de cuidado.
¡Cuántas veces me he quedado pensando en esas visitas misteriosas que hacen los maridos a la farmacia a la hora en que no "hay nadie que curiosee en las puertas"!
Se veían personas asomadas a las ventanas, otras de pie en las puertas, y Justino, delante del escaparate de la farmacia, parecía completamente absorto en la contemplación de lo que miraba.
Ella estaba preparada, le esperaba. Justino se escapó de la farmacia para verla, y el boticario también salió. Hizo unas recomendaciones al señor Boulanger: ¡Pronto llega una desgracia!
Carlos, después de la cena, viéndola preocupada, quiso, para distraerla, llevarla a casa del farmacéutico; y la primera persona que vio en la farmacia fue precisamente al recaudador.
¿No me aguantaba a mí, a mí, que les he sacado canas verdes a ellos? –¿Y cómo te va? –Muy bien... La farmacia da setenta pesos diarios. En Pico no hay otro que conozca la Biblia como yo.
La profesión ha sido muerta por el específico. Hoy, ningún médico receta preparados que, con razonable ganancia, se podrían confeccionar en la farmacia.