La Española

Española, La

 
Isla de las Grandes Antillas, entre el Atlántico y el mar de la Antillas, entre Cuba y Puerto Rico; 75 842 km2. Está dividida actualmente entre Haití y la República Dominicana. Llamada también Isabela, Santo Domingo y Haití. Café, caña de azúcar, cacao y tabaco. Descubierta por Colón el 5 de diciembre de 1492, los españoles se adueñaron de toda la isla. En los siglos siguientes fueron importados esclavos negros. En 1638 los franceses se adueñaron de una buena parte de la isla (Haití). En 1794 Toussaint-Louverture, caudillo negro, se apoderó de la isla. La resistencia de los descendientes de los españoles provocó finalmente la independencia de Santo Domingo en 1843, convirtiéndose un año después en República Dominicana.
Ejemplos ?
Es el mismo tema — sigo reproduciendo a Schelling — que produjo la palabra griega bárbaro, es decir, el que habla otra lengua, aquel a quien no entendemos, y la latina balbuties, la francesa babil y la española balbucear .
Revolcándose en su estera, daba espantosos alaridos, llamaba a la española con los nombres más cariñosos que había aprendido de Lucía, más después, volviendo de su delirio, la rechazaba, la llenaba de imprecaciones en su lengua indiana, y saliendo despavorido, vagaba como un loco por las selvas.
Había enflaquecido notablemente: no obstante, su atlético y hermoso cuerpo conservaba toda su elegancia, que realzaba aún más el vistoso plumaje que adornaba su persona, y una especie de diadema cubierta de piezas de oro primorosamente cinceladas, y piedras preciosas que ceñía su frente. Con paso lento y mesurado se acercó a la española.
Reconozco tu providencia, salva la vida de Lucía y abrazo tu religión, salva a la española, y confieso tu fe, salva a la cristiana, y la devolveré a su marido.
Al verla, quedó sorprendido de su hermosura, sintiendo en aquel instante arder su corazón en la misma llama que había causado la desgracia de su hermano. Siripo no conocía a la española, demasiado salvaje había frecuentado poco la colonia, y nunca había visto a Lucía.
-Jura tú también que amaras a Mangora. -Lo juro, respondió la española. En esto no mentía; ella le amaba como un hermano, y sentía que una pasión desordenada le llevase a cometer quizá algún horrible crimen.
Y al decir estas palabras, el enamorado indio abrazaba las rodillas temblorosas de la española, que puesta de pié, no podía dar un paso aprisionada como lo estaba por los brazos del cacique.
Para no recibir las visitas del cacique se fingió enferma, creyendo por este medio tomarse tiempo, y dar lugar a que llegase su esposo. Se pasaban días, Sebastián no volvía, y el indio asediaba a la española a que le cumpliese la palabra.
Los muebles de mi habitación, grandes y oscuros, parecían sentirse incómodos entre paredes blancas atacadas por la luz de una lámpara eléctrica sin esmerilar y colgada desnuda, en el centro de la habitación. La española levantó mi valija y le sorprendió el peso.
Fui a encender un portátil; tenía pantalla verde y daría una sombra agradable. En el instante de encenderla sonó el teléfono colocado detrás del portátil, y lo atendió la española.
Comí y bebí buen vino. La española me hablaba pero yo, preocupado de cómo me iría en aquella casa, apenas le contestaba moviendo la cabeza como un mueble en un piso flojo.
Estos son aquéllos que tratan con las mugeres de matremomo, que es la primera ysla partiendo de Spaña para las Indias que se falla, en la qual no ay hombre ninguno; ellas no usan exercio femenil, saluo arcos y frechas, como los sobredichos de cañas, y se arman y cobigan con launes de arambre de que tienen mucho. Otra ysla me seguran mayor que la Española, en que las personas no tienen ningún cabello.