Ejemplos ?
-exclamó mi viejo amigo, verdaderamente sulfurado, y con unos ademanes que no me dejaban duda de que había cometido una torpeza en tocarle este resorte, precisamente cuando necesitaba e iba yo a saber grandes cosas de la tertulia de Su Ilustrísima.
Rara era la semana por los años de 1796 en que su señoría ilustrísima no hiciera por lo menos una visita al colegio, cuidando de que los catedráticos cumpliesen con su deber, de la moralidad de los escolares y de los arreglos económicos.
Conoce íntimamente á todos los bacilos, sabe al dedillo sus mañas y picardías, y los trata tú por tú, con menos respeto que al arzobispo, por aquello de ::A Dios se le habla de tú, ::de tú á la Virgen María, ::y al obispo se le dice :.su señoría ilustrísima.
Su ilustrísima el Arzobispo don Juan Domingo González de la Reguera tuvo, allá por los años de 1784, noticia de que no en todos los oratorios se celebraba el sacrificio con la decencia debida; y aun se le informó de que algunos funcionaban sin licencia en regla.
Al siguiente día, á la hora en que iba á principiarse en la iglesia de los dominicos una solemne misa cantada en honor de San Valentín, misa para la cual estaba invitada mucha gente de copete, se presentó el bachiller Juan de Morí quien, con vozarrón estufWíndo, dio lectura á im papel que así decía: — «Tengase por excomulgados á los reverendos i adres fray »Juan de Zarate, fray Dionisio de Oré, fray Lope Cueto y fray »Juan Rodríguez, p or estar así declarados, en auto de ayer, »por su ilustrísima el seflor Obispo, quedando suspensos de celebrar, confesar y predicar en este obispado.
Y para que »venga en conocimiento de todos el mandato de su ilustrísima, y so la misma pena de excomunión mayor ipso fado incurrenda, apóngase en tablilla en la puerta de la Santa Iglesia Catedral».
Por su parte los cuatro prelados excomulgaron también al Obispo, fundándose en que su ilustrísima no había tenido de- recho para entrar en el monasterio de las clarisas, sin previa licencia del guardián de San Francisco bajo cuya jurisdicción estaban esas monjas.
Con todos estos cargos me puse en roce con las personas más importantes de la ciudad y me dieron entrada en palacio, que era todo mi anhelo ya mucho tiempo hacía, porque Su Ilustrísima era hombre de gran eco entre las gentonas de Madrid, y lo que por su conducto se averiguaba en Santander, no había que preguntar si era el Evangelio.
Mientras llegaba la oportunidad de complacerlo, su ilustrísima lo destinó como auxiliar de una de las parroquias con los emolumentos precisos para que se sustentase con modestia.
Éstas eran las personas constantes alrededor de Su Ilustrísima; además había otras muchas que alternaban cuando les parecía oportuno.-Para que usted se forme una idea del carácter del bendito señor Intendente, voy a referirle un suceso digno, por otra parte, de que se imprimiese en letras de oro.
Los comerciantes se deshicieron en cortesías, basaron el anillo pastoral y pusieron junto al mostrador silla para su ilustrísima.
Su Ilustrísima, que tenía el ánimo altivo de aquellos obispos feudales que llevaban ceñidas las armas bajo el capisayo, frunció el ceño, y quiso castigarme con una homilía: —Señor Marqués de Bradomín, acabo de saber una burda fábula urdida esta mañana, para mofarse de dos pobres clérigos llenos de inocente credulidad, escarneciendo al mismo tiempo el sayal penitente, no respetando la santidad del lugar, pues fué en San Juan.