Ejemplos ?
18. a —Sacará igualmente de Potosi á don Indalecio Gonzalez de Socasa, y de Charcas á don Eustaquio. Buenos Aires, 12 de Setiembre de 1810.
El jugador perdidoso mandaba con el «botones» Eustaquio una carta al usurero: «Envíeme inmediatamente con el dador trescientas pesetas, que me urgen.
José Antonio Théllet.— Fernando Ramírez.—Dr. José Eugenio Cabezas.—Dr. Eustaquio Equivar.—Dr. Juan Bautista Pantoja.— Soberana Asamblea Constituyente de las Provincias Unidas del Rio de la Plata.
Máximo Zamudio, á quien nombro secretario á fin de que asista al teniente coronel y comandante en segundo de este cuartel D. Eustaquio Díaz Vélez, á quien comisiono para las demas disposiciones que los reos quieran por preparacion cristiana: sentando á continuacion las notificaciones, y devolviéndoseme original para constancia.
D. Eustaquio Díaz Vélez, teniente coronel en segundo de este cuartel, la sentencia que antecede, para que en el acto la comunicase, pasó con asistencia de mí el secretario á la real Casa de Moneda de esta villa, donde se hallan presos los reos D.
El viejo magistrado, sentado en un amplio sillón labrado, de retorcidas patas y de respaldo forrado de damasco a franjas, está probándose unos gregüescos nuevos y almidonados que acaba de traerle Eustaquio Bouteroue, aprendiz de maese Goubard, pañero–calcetero.
El «botones» de que voy a hablar, formaba parte de la servidumbre de uno de estos círculos nuevos en los que el gran negocio es la ruleta, el bacará o el monte; en suma, la pasión desenfrenada, el oro que impera en las muchedumbres contemporáneas. Llamábase Eustaquio.
Las propinas eran muchas. Día hubo en que Eustaquio cobró veinticinco pesetas. Pero las misiones que se le confiaban eran por todo extremo peligrosas.
Eustaquio Bouteroue ya no reía; la paradoja era demasiado inaudita para atreverse a contestar, y la boca de donde salía la hacía aún más inquietante.
Fernando Sánchez y D. Eustaquio Babilonia, salieron a buscar al enemigo y muy resueltos a presentar batalla; pero en la marcha les cayó un tremendo chaparrón, y viéndose con las municiones mojadas se detuvieron en la Habana, esperando poder secar allí la pólvora o renovar el parque.
Eugenio del Castillo Aguinaga Luquin, por Don Máximo Bacaicoa Echeverría Mañeru, por Don Felipe Gorri Marañón, por Don José Valencia Corres Marcilla, por Don Esteban Amatriain Buñuel Maya del Baztán, por Don Jaime Urrutia Mélida, por Don Gregorio Mozaz Boloque Mendavia, por Don Jesús Partos Fernández Metauten, por Don Jerónimo Lander Ataun Milagro, por Don Félix José Martínez Mirafuentes, por Don Luis Gastón Miranda, por Don Antonio González Bueno Monreal, por Don Esteban Labiano Monteagudo, por Don Eustaquio Azagra Clavijo Morentin, por Don José Vélez de Guevara Carasa Mués, por Don Simeón Gastón Murchante, por Don Fernando Fernández Simón Murieta.
Cuando el mono hubo atendido todas las demandas, su dueño fue llamando por los nombres de sus naipes a los curiosos para que se acercaran a la media luna, y predijo a cada uno su buena o mala fortuna, mientras que Pacolet, al que dio una cebolla en premio a su trabajo, distraía a la concurrencia con las contorsiones que aquel manjar le provocaba, a la vez encantado y desdichado, con la risa en la boca y el llanto en los ojos, emitiendo con cada mordisco un gruñido de satisfacción y haciendo una mueca lamentable. Eustaquio Bouteroue, que también había cogido una carta, fue llamado en último lugar.