Don Quijote

Don Quijote

 
lit. Héroe de la famosa novela El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. (V. Quijote.)
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Don Quijote

SMDon Quixote
Ejemplos ?
Pues tendrás lo que mereces, grandísimo bellaco. Arrogante, moro, estáis, y eso que en un mal caballo como don Quijote vais; ya os bajaremos el gallo, si antes vos no lo bajáis.
Menéndez y Pelayo, con su famoso imparcial juicio, ha juzgado de este modo al escritor que suscitó curiosidades e hilaridad con un libro que, en cierto modo, puede ser considerado como “una parodia de las crónicas caballerescas” que quizá Cervantes tuvo en cuenta para la elaboración de la obra cumbre llamada Don Quijote.
Quijote. Don Quijote y su escudero Sancho son en el dualismo armónico que manteniéndolos distintos los unía, símbolo eterno de la humanidad en general y de nuestro pueblo español muy especial.
La tercera y principal es el contorno aéreo, pero colosal, que ha sabido dar Cervantes a su héroe; cada cual tiene en su imaginación un tipo particular de don Quijote y Sancho, una idea fantástica, un bello ideal en el género, a que la realidad jamás podrá llegar.
Por lo común, desconociendo el idealismo sancho-pancesco, el alto idealismo del hombre sencillo que quedando cuerdo sigue al loco, y a quien la fe en el loco le da esperanza de ínsula, solemos fijarnos en Don Quijote y rendir culto al quijotismo, sin perjuicio de escarnecerlo cuando por culpa de él nos vemos quebrantados y molidos.
Pero donde usted ve a Don Quijote volver vencido por el caballero de la Blanca Luna, yo lo veo volver apaleado por los desalmados yangüeses, con quien topó por su mala ventura.
Así conservó Don Quijote, bajo los desatinos de su fantasía descarriada por los condenados libros, la sanidad moral de Alonso el Bueno, y esta sanidad es lo que hay que buscar en él.
Cuando el señor de Vega acaba de vencer tan grandes dificultades; cuando nos ha presentado con toda verdad histórica a don Quijote y Sancho; cuando ha sabido interesarnos con los amores intrincados de Dorotea y Lucinda; cuando ha manejado la lengua de Cervantes, sin que desdiga de su modelo, en todas las escenas donde su argumento se lo permitía y siempre con pureza e inteligencia del diálogo dramático y de la escena; en fin, cuando ha sabido hacerse aplaudir ruidosamente con un asunto donde muy claros ingenios se han estrellado miserablemente, no es ocasión de insistir sobre faltas leves, hijas ellas mismas en gran parte del propio argumento.
Quiero decir con esto que Don Quijote hizo tres salidas y que España no ha hecho más que una y aún le faltan dos para sanar y morir.
Pero sucede, por mal de nuestros pecados, que cuando se invoca en España a Don Quijote es siempre que se acomete a molinos de viento, o cuando la trabajamos con pacíficos frailes de San Benito, o para acometer sin razón ni sentido a algún nuevo caballero vizcaíno.
García Luna, empapado, como todos sus compañeros, en la novela, ha dejado poco que desear; la gravedad que adopta, en una palabra, todo su exterior nos ha recordado de continuo a don Quijote.
El idealismo de Don Quijote era tan exaltado, que la primera vez que salió de aventuras se olvidó de llevar dinero y hasta ropa blanca para mudarse; los consejos del ventero influyeron en su ánimo, bien que vinieran de tan indocto personaje, y le hicieron volver pies atrás.