Dimas

Dimas

 
Nombre atribuido por el apócrifo Evangelio de Nicodemo (s. III) al buen ladrón, crucificado a la derecha de Jesucristo.
Ejemplos ?
Tan siquiera no está furioso". Cuando los grandes certámenes, estaba el Maestro Dimas en el apogeo de su locura. Perjuicia iba a verlo a menudo, y salía cada vez más impresionada con sus extravagancias y más compadecida de su demencia.
Hermano fue de Héctor éste, el cual, si no hubiera sentido en su juventud estos nuevos hados, quizás inferior a Héctor un nombre no tuviera, 760 aunque lo hubo a él dado a luz la hija de Dimas; a Ésaco, en el sombreado Ida, furtivamente, que lo parió se dice Alexírroe, nacida de Granico el bicorne.
Una noche en que Tijereta quiso levantar el gallo a Visitación, o, lo que es lo mismo, meterse a bravo, ordenóle ella que pusiese pies en pared, porque estaba cansada de tener ante los ojos la estampa de la herejía, que a ella y no a otra se asemejaba don Dimas.
Y por más que fui y vine, sin dejar la ida por la venida, no he podido saber a punto fijo si, andando el tiempo, murió don Dimas de buena o de mala muerte.
Habiendo sido juzgados ya por los tribunales, los principales reos de los asesinatos cometidos en las haciendas de San Vicente y Chiconcuac y ejecutada en sus personas la pena capital que se les ha impuesto, el Gobierno de México continuará activamente la persecución y castigo de los demás cómplices que hayan logrado hasta hoy eludir la acción de la justicia, y activará todos los procedimientos a fin de que tengan el debido castigo los culpables de los crímenes perpetrados en el Mineral de San Dimas, Departamento de Durango, el 15 de septiembre de 1856, tan luego como dicho Departamento vuelva a la obediencia del Gobierno Mexicano o puedan se aprehendidos los reos, o autores de dichos crímenes.
Los otros sentenciados aullaban. ¿No sabes? Eran dos salteadores, Dimas y Gestas. -¿Que si sé? Ese Dimas me quitó cabras y las asó en el monte.
Conocíale el pueblo por tocayo del buen ladrón a quien don Jesucristo dio pasaporte para entrar en la gloria; pues nombrábase don Dimas de la Tijereta, escribano de número de la Real Audiencia y hombre que, a fuerza de dar fe, se había quedado sin pizca de fe, porque en el oficio gastó en breve la poca que trajo al mundo.
El padre Inacito estaba cada momento a mi cabecera, pulsándome, ayudando a bregame, rezándome l'oración a mi padre San José y a otras devociones muy preciosas. Un día oí que me dijo: Hombre Dimas, d'esta no te morís.
Y tengo para mis adentros que si le hubiera venido en antojo al Ser Supremo llamarla a juicio, habría exclamado con sorpresa: -Dimas, ¡qué has hecho del alma que te di?
Cuando el padre Ignacio, protector declarado de Dimas, persuadióse de que éste era un inválido, se dio a entender que era preciso inventar algo para libertarlo del hambre.
Al lado de la enormidad de su delito, los robos de Dimas y Gestas, crucificados por ladrones, no pasaban de travesuras propias de los angelitos que Herodes condenó a la degollina.
Entre pizarra y catón, entre papel y citolegia se fueron endilgando aquellos cursos, y hoy deletreo, mañana junto sílabas; ora palotes, ya signos, día llegó en que Dimas era hombre de escribir -con lirismo ortográfico, se entiende-, cuando se le dictase y de lanzarse él solo en una lectura tan de recorrida, que ni punto final, ni el interrogante más pintado, eran parte a detenerlo, ni a que cambiara en un ápice siquiera aquel tonillo piadoso de novena que tomó desde el comienzo, y que lo mismo para él que para el Cura era lo supremo del arte.