Ciriaco


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Ciriaco

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Martín Ángel Martín, inventor español. Daniel Hernández Ruipérez, Rector de la Universidad de Salamanca. Ciriaco Gonzalez, maestro español de Esgrima.
2008, pág.65 Entre las personalidades colaboradoras dignas de mención cabe citar a Ciriaco Cascajo Ruiz, Luis Zurdo Martín y Bruno Ibáñez Burín en Córdoba, Gregorio de Haro Lumbreras en Huelva, Manuel Gómez Cantos, Manuel Carracedo Blázquez y Manuel Pereita Vela en Badajoz, José Valdés Guzmán, José Nestares Cuéllar y Antonio González Espinosa en Granada, Santiago Garrigós Bernabeu en Sevilla, Francisco García Alted y Carlos Arias Navarro en Málaga, Eduardo Valero Valverde, Pedro Jevenois Labernade y Adolfo de la Calle Alonso en Cádiz entre otros.
No había capataz, y el mismo patrón manejaba todo de por sí, dando sus órdenes a cada peón. Ciriaco vio que en la manada había unos potros en edad de ser amansados y, con asentimiento del patrón, domó él mismo algunos para andar; amansó uno para la silla de la señora, y una yunta para la volanta: todo sin bulla, como en momentos perdidos, y bien, sin tropiezo, sin accidente, sin cortar una huasca, se puede decir, y saliendo todos los animales sin una lastimadura, sin mañas, y tan mansos que parecían agradecidos de que los hubieran tratado con buen modo.
Las señoras alargaban la enguantada mano y atrapaban al vuelo los tales papeles; los chicos se entregaban a una verdadera caza para «reunir» toda la colección, que se componía nada menos que de diez hojas volantes, o sea de otras tantas poesías, obra de ingenios de la localidad, entre los cuales se llevaba la palma el acreditado Ciriaco de la Luna, vate oficial en inauguraciones, festejos, entierros, beneficios y días señalados, como, por ejemplo, el Jueves Santo o el de Difuntos.
Ésta reapareció en Huarochirí en 1783, encabezada por Felipe Tupac-Amaru y Ciriaco Flores, para ser nuevamente vencida y terminar sus promovedores en el cadalso.
n la calle de Chacabuco entre las de Estados Unidos y Europa, estaba situado un corralon que servia de cuartel á un escuadron de Vigilantes de á Caballo, cuyos gefes eran Ciriaco Cuitiño y su segundo Andres Parra, ambos Coroneles innomine, hechos por el héroe del desierto.
Lo mismo, en un rodeo, las vacas parecían haberle divulgado de antemano, sus secretos: cuántas eran, cuántas vacas viejas y cuántas vaquillonas, y cuántos novillos, y cuántas había de preñadas, entre aquéllas, y qué peso darían éstos; y si faltaba algún animal, era como si hubiera encargado a los demás de avisarle a Ciriaco, tanta era la prontitud con que notaba su ausencia.
—Ahora le toca al Coronel Parra. —Pero señores, yo no sé discutir tan bien como mi compadre Ciriaco, —dijo esta hiena abortada del infierno.
Entonces tomando Parra un vaso, lo llevó á sus labios y con bastante dificultad esclamó: "A la de mi compadre Ciriaco." —Superior, muy bien!
Probablemente nos moriríamos de nostalgia... Sí; Ciriaco de la Luna vaticinaba su propio fallecimiento... A la lluvia de papelitos y de ripios, siguió otra de pétalos de rosa y de rosas enteras, que alfombraron el escenario; luego, gruesos ramos fueron a rebotar contra las tablas, a los pies de la «diva».
-Eres muy bueno -le decía-, amigo Ciriaco; y pocos hombres he conocido tan buenos como tú. Pero de bueno ya vas rayano a zonzo. Aquí, te estás dejando explotar; y, sin embargo, tu patrón también será bueno; pero, como no le pides nada, nada te da, y sigues trabajando sin saber ni cuánto ganas, ni si sólo ganas algo.
Don Ciriaco –después de muerta su mujer– llevó a Aceguá, en calidad de concubina, a una de sus agregadas: y casi todos los veranos iba, con ella y su hija Camila, a pasar un par de meses en la estancia del río Negro, que era muy alegre, y tenía, a seiscientos metros, un bañadero espléndido.