Atila

Atila (Attila)

 
(m. 453) Rey de los hunos, llamado el Azote de Dios. Unificó las diversas tribus de los hunos y otros pueblos germánicos y escitas y dominó un extenso territorio. Teodosio II, emperador de Oriente, y Valentiniano III, emperador de Occidente, tuvieron que pagarle grandes sumas para evitar sus ataques. Al negarse Marciano, Atila atravesó la Germania y devastó la Galia, pero, vencido en la batalla de los Campos Cataláunicos (451), se retiró a su palacio, a orillas del Danubio, donde murió.
Traducciones

Atila

SMAttila
Ejemplos ?
Ya se zampaba regaladamente un vaso de vidrio, ya se daba una ducha con manga de riego, ya se tragaba un tenedor, ya se liaba a dentelladas con un perro de presa o con un gato enrabizado y furioso. El ejemplo de este Atila de sí mismo, a quien tributábamos ovaciones, acabó de perder a los comensales.
Quintana ha dado pruebas de tanto rigor y ferocidad para contener las huelgas y reprimir todas las manifestaciones de la clase obrera, que un periódico norteamericano le llama "el Atila de los trabajadores".
Este se llamaba Prisco Pañetes, y era un sofista que vivía en tiempo de Atila, y que dice que Atila se casó con su hija Esca, según el uso de los Escitas.
En vano tengo en mi corazón la noción de lo justo y de lo injusto; un Atila, cortejado por san León; un Focas adulado por san Gregorio con la mas infame bajeza; un Alejandro VI manchado con tantos homicidios, con tantos envenenamientos, y con quien el débil Luis XII, que se llama Bueno, hace la mas indigna y la mas estrecha alianza: un Cromwel, cuya protección solicita el cardenal Mazarino, y por el que echa de Francia a los herederos de Carlos I, primos hermanos de Luis XIV, &, &; cien ejemplos como estos trastornan mis ideas y yo no se donde estoy.
Pero me es imposible pasar sobre esos sucesos sin detenerme ante los cadáveres y los escombros humeantes que fueron su consecuencia inmediata, cuadro consolador digno en todo y por todo de los tiempos de Atila.
Porque Grecia y Roma eran paganas; porque tenían altares para los vicios y cultos ostentosos para las pasiones; vicios y pasiones que, como la serpiente de la fábula, habían de envenenar el pecho en que se guarecían; vicios y pasiones que al cabo arrastraron a esos pueblos a una destrucción ignominiosa, entregándolos al pillaje y al desenfreno de las hordas de Atila.
Más nuevamente a Italia a un mismo modo, dio en presa a Longobardo, a Huno y Godo. ¿Qué de Atila diré? ¿Qué del inicuo Ecelino Román?
Zeusis, Apeles, Píndaro y Homero, Bajo ese verde pabellón soñaron; César, Napoleón y Atila fiero, Bajo ese pabellón se despertaron.
Nerón encontraría hoy un trono, y Atila un caballo, porque los hombres tienen miedo y reconocerían enseguida el familiar chasquido del látigo.
Si alguna vez estuvo Atila á la cabeza de cuarenta mil asesinos hambrientos, recojidos de provincia, en provincia, se le supondrian quinientos mil.
Señal será evidente de que la santa revolución ha respondido a los móviles de que procede, de que la tempestad que ruge es digna de los vientos que la engendraron, de que en España no queda piedra sobre piedra, de que la hora es llegada, en fin, de repartirse esos escombros entre los más atrevidos o los más fuertes. Tras de la carnicería, los buitres. Tras el desenfreno de las libertades, las hordas de Atila. Es infalible.
¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime, único asilo y sacrosanto escudo al ímpetu sañudo del fiero Atila que a Occidente oprime ¡Guerra, guerra, españoles!