Ejemplos ?
Pero bonitas y todo, ninguna es comparable a su mamá antes de serlo, y estoy por jurar que hasta después. -¡Doña Andrea! ¡Ya lo creo!
Don Elías, dueño de varias fábricas de quincalla y del mejor bazar de la calle de Atocha, había perdido la cuenta del tiempo que llevaba cortejando a la desdeñosa Regina, hija de doña Andrea, la directora del colegio de niños de la plazuela de Santa Cruz.
Había acertado a disimularla; su humillación era como si no hubiese existido, puesto que no la sospechaba ni doña Andrea, después de espiar a su hija continuamente.
Regina sabía a punto cierto que no había asistido a la boda en la iglesia. Sin duda, haciéndose el encontradizo, o doña Andrea, o don Elías le convidarían...
Tal vez, andando el tiempo, si un hombre de posición bastante a trocar en desahogo las estrecheces de su hogar, llegaba a pedirla en matrimonio, se resignaría a la boda, aceptándola como un supremo sacrificio, hecho en holocausto de los hermanos que entraban en la vida y de los padres que se asomaban a la muerte. -Claro -habló Andrea, en su entrevista última con Pedro- que ello no ocurrirá.
La recuerdo como si la viera: un maitén enorme tendía parte de sus ramas sobre la casita blanca con techo de totora; en el corredor, eternamente la Andrea, su mujer, lavando en la artesa una ropa más blanca que la nieve; una montura llena de pellones y amarras colgada sobre un caballete de palo; y dos gansos chillones y provocativos en la puerta, amagando eternamente nuestras medias rojas que parecían indignarles.
Del modo en que con estos por la tierra verá aumentarse su heredado estado, así por todo el mar cuya agua encierra África al uno, Europa al otro lado, victorioso saldrá de cualquier guerra, después que a Andrea Doria haya amigado.
Cada año cuando a vuelta de los exámenes llegábamos a las casas de Los Sauces, nuestra primera visita era a la Andrea, que suspendía el jabonado de la ropa para lanzar un par de gritos de sorpresa y llorar después como una chica consentida.
Martin, 1962, portuguesa de J. Bragança de Miranda, 1979, e italiana de Andrea Felis, 1986. Han sido también tenidas en cuenta como consulta referencial las traducciones al castellano de Eduardo Subirats, 1974, y Miguel López Manresa, 2004.
Excelencia, acaso tengáis razón. Andrea del Sarto pintó mucho en el taller de Leonardo, y sus cuadros de esa época se parecen tanto, que más de una vez han sido confundidos...
Lo que pasó es que, siendo desgraciadísima, en su matrimonio, crió mala sangre; se le formó un tumor, no se cuidó bien, no se operó a tiempo, que acaso la salvase... y ahí tiene lo que hubo. ¡Pobre Andrea! -¿Y usted...
Pero debemos repetir que aún andábamos de calzón corto, y si no, ahí estaban los gansos de la Andrea que nos dieron más de un picotazo en las piernas, débilmente defendidas.