Ejemplos ?
Sólo había dos cubiertos; sin embargo, Agnes, que había esperado en el salón a su padre, se sentó frente a él en la mesa; yo me extrañaba que él hubiera comido sin ella.
Después de comer volvimos a subir al salón, y en el rincón más cómodo Agnes preparó para su padre un vaso y una botella de vino de Oporto.
Permanecí en mi habitación estudiando con ahínco hasta la hora de cenar (salíamos de la escuela a las tres) y bajé con la esperanza de llegar a ser un niño cualquiera. Agnes estaba en el salón esperando a su padre, a quien retenía en su despacho un asunto.
Pero Adams, el primero, me parece todavía una criatura extraordinaria y lejana, colocada en alturas inaccesibles. Agnes dice que no, y yo digo que sí, insistiendo, porque ella no sabe el talento, la sabiduría que posee Adams, que es quien ocupa ese lugar, al que Agnes aspira verme llegar algún día.
También quería despedirme del buen doctor Strong. Agnes se puso muy contenta al verme y me dijo que la casa no le parecía la misma desde que yo no estaba.
Durante tres o cuatro días no salgo de casa; no estoy nada guapo con la pantalla verde encima de los ojos, y me aburriría mucho si Agnes no fuera para mí una hermana.
-Yo tampoco me reconozco desde que me he marchado -le dije-; me parece que he perdido mi mano derecha, aunque es decir muy poco, pues en la mano no tengo el corazón ni la cabeza. Todo el que te conoce te consulta y se deja guiar por ti, Agnes.
¿qué?... ¡Sí!... Agnes, sentada delante de mí en el mismo palco, al lado de un señor y de una señora que yo no conocía. Ahora veo su rostro seguramente mucho mejor que cuando lo vi entonces, volverse hacia mí con una expresión inolvidable de asombro y pena.
Pero es que no podía por menos de confesarme a ti, Agnes, y no perderé nunca esa costumbre si tengo penas, y si me enamoro, te lo diré enseguida, si es que quieres oírlo, aun cuando sea que me enamore en serio.
Agnes! -dije temblando-. ¡Dios mío, Agnes! -¡Chsss!, te lo ruego -me respondió sin que yo pudiera comprender por qué- Molestas a la gente; mira a la escena.
Mi afecto por Agnes no se resentía; pensaba siempre en ella como en el ángel bienhechor de mi vida; mis reproches sólo se dirigían a mí mismo; me turbaba la idea de que había sido injusto con él, y habría querido expiarlo, si hubiera sabido cómo hacerlo.
No olvidaba nunca a Agnes; ella no abandonaba el santuario de mis pensamientos (si puedo decirlo así), donde la había colocado desde el primer día.