Aben

Aben (ár. ibn; heb. ben)

 
Palabra común a las lenguas semíticas que, con el significado de hijo, forma parte de muchos nombres propios.
Ejemplos ?
Parece sin embargo que nosotros no estábamos bien informados; posteriormente hemos visto y aun leído en el anuncio que del Aben-Humeya ha hecho la empresa de estos teatros, que «en los de París fue recibido con entusiásticos aplausos, y coronado con los honores del más positivo triunfo».
Pero después de leído el cartel, el cual debe saberlo como saben los carteles esas cosas, sería imperdonable en nosotros el menor asomo de duda; apreciando como apreciamos al autor, es para nosotros un alegrón el haber rectificado por esta vez nuestros erróneos datos; en lo sucesivo no nos volverá a suceder decir que no gustó en París; quedamos plenamente convencidos de que Aben-Humeya ha llegado a nosotros «precedido de una gran reputación adquirida dentro y fuera de España», es decir, europea.
Es verdad que en París no se ha representado demasiado el Aben-Humeya; y esto es claro: era preciso hacer de él, en atención a su mucho mérito, una gran distinción que lo diferenciase esencialmente de las demás cosas que gustan en aquel París; y como a cualquier drama que gusta le sucede representarse mucho, no quedaba más medio de distinguirlo que representarlo poco.
Ya muchas veces nos hemos quejado de la posición difícil en que se encuentra el periodista que tiene que juzgar a un hombre de mérito generalmente reconocido; bien se puede dar el caso que un hombre de un gran talento haga un drama de muy poco valor: esas cosas se ven todos los días; pero siempre corre el riesgo de parecer arrogante o envidioso el que acomete con un juicio crítico de un ingenio como el autor de Aben-Humeya, no estando como no estamos nosotros precedidos, ni aun seguidos, de ninguna especie de reputación adquirida dentro ni fuera de España.
Si algo malo llega a sucederte, esta carta caerá en el correo de Ceuta, aunque después caiga yo en la sepultura. Aben-Carime sonrió humanamente al oír aquellas palabras, y dignóse mirar a su mujer como a una persona.
-respondió calmosamente el renegado. Aben-Carime leyóle entonces el pergamino árabe, que Juan Falgueira oyó sin pestañear y como enojado, visto lo cual por el moro, y a fin de acabar de atraerse su confianza, le reveló también que había robado aquel documento a un cristiano de Ceuta...
¡Los que no hayáis amado o llorado en aquel edén y a semejante hora, vanamente querréis imaginaros todo el misterio, todo el encanto, toda la poesía que caben en el alma humana! «-Sí, yo soy africano; yo soy Aben-Adul, ¡el último de los zegríes!
Pero si mis riquezas, si mi valor, si mi fe en Cristo, si mi amor al hombre pudieran servir alguna vez para volver a mis hermanos la dignidad social que han perdido, la jerarquía humana que se les niega, los bienes de la civilización que olvidaron, ¡mi vida no habría sido inútil y la felicidad descendería por primera vez a mi corazón! Así habló Aben-Adul.
Así aconteció en aquel momento; y seguro estoy de que, mientras yo pensaba en los sueños esplendorosos de mi niñez, concebidos al compás de aquella música, en los delirios de mi adolescencia, en seres queridos que me robó la muerte, en noches de amor desvanecidas, en ilusiones que ayer miraba en el porvenir y que hoy sólo encuentro en lo pasado, Aben-Adul pensaba en África, donde también resuena por la noche aquel patético canto, donde aquella misma Luna esclarece los risueños valles del Atlas, donde acaso en aquel momento refrescaba la primera brisa el abrasado corazón de una mujer que no había podido olvidarle...
Aprovéchanse de la blandura de su suegro para desacreditarle y tildarle de traidor a los ojos del vulgo, fácil de fascinar, envolviendo a Aben-Humeya en la ruina de su deudo.
Entre estos últimos -y henos ya dentro del episodio que nos propusimos referir al coger hoy la pluma-, entre los pueblos que, indiferentes a los adelantos de la civilización, vegetan al pie del colosal y siempre nevado Mulhacén, es y era renombrada en veinte leguas a la redonda, por el carácter indómito de sus moradores, por su arábigo aspecto, por el estado casi salvaje de las costumbres y por otras particularidades que ya irán surgiendo de nuestra relación, la antiquísima villa de Lapeza, célebre en la guerra de los moriscos, y cuyo arruinado castillejo recuerda aún el nombre de su esforzado gobernador Bernardino de Villalta, digno adversario de los secuaces de Aben-Humeya.
Llamábase D. Elías Aben-Sedid, príncipe del Líbano. Era un turco de casi seis pies de altura, robusto y gallardo mozo, y que, a pesar de su nacionalidad, no profesaba la ley de Mahoma, sino la de Cristo.