Abdalá


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Abdalá ('Abd Allāh)

 
Emir de Córdoba en 888-912. Durante su reinado, en Sevilla, se declaró independiente el renegado Omar. Le sucedió Abderramán III.
Ejemplos ?
¡Mardan Bey, primer ministro! ¡La renuncia de Djamil! ¡Mardan Bey, primer ministro! Abdalá el Susi movió, consternado, la cabeza. Pronto comenzaría el terror.
Ahora, el decente turbante verde que adornaba su cabeza, la escrupulosamente limpia chilaba que con hacendosos pliegues revestía su flaco cuerpo, la renegrida barba que le caía sobre el pecho indicaban que Abdalá el Susi era un musulmán devoto, que no sólo había cumplido con su peregrinación a La Meca, sino que también era muy probable que disfrutara de ciertas rentas.
Y efectivamente, las rentas de que Abdalá el Susi disfrutaba eran el producto de un robo de alhajas cometido en El Cairo, en perjuicio de una gorda y estúpida turista americana.
Estas alhajas habían sido vendidas a un judío del ghetto de Tetuán; su propietaria no las encontraría jamás, mientras que él, Abdalá el Susi, con el producto de aquel robo podría aún vivir tres meses sin necesidad de cometer ningún acto de violencia o astucia.
Y este musulmán prudente, como es lógico, antes de descubrir nada, moriría cualquier noche con el cuerpo hecho una criba de tiros y puñaladas. No, no, no. Abdalá el Susi no cometería ninguna de estas tonterías.
¡Mardan Bey, primer ministro! Abdalá el Susi, parsimoniosamente, volvió a doblar el periódico en ocho dobleces y se lo guardó entre el pecho y la chilaba.
Precipitadamente Abdalá el Susi abandonó su cómodo sillón de esterilla y, cayendo sobre sus rodillas en las ásperas piedras, se inclinó en dirección hacia La Meca, con los brazos extendidos delante de su cabeza, mientras pensaba: -Me disfrazaré de Taleb.
Mayor apogeo alcanzó aún en tiempo de los moros, puesto que llegó á capital de reino, siendo su primer rey Mogeid Edomben Abdalá, y el último Solimán.
Por su parte, él, Abdalá el Susi, no creía absolutamente en nada, ni en la peregrinación a La Meca, ni en los anillos astrológicos, ni en el turbante verde.
EL ALTO COMISIONADO No bien el piadoso Abdalá terminó de leer esta especie de bando, cuando al final de la calle resonaron los gritos de un pequeño vendedor de periódicos, italiano: -¡La renuncia de Djamil!
Algunos días después de estas pacientes meditaciones podíamos encontrar a Abdalá el Susi sentado sobre una esterilla a la sombra del arco de ladrillo que forma la puerta de Bab el Estha.
De tanto en tanto un campesino se acerca a Abdalá el Susi, y Abdalá el Susi escribe en un pergamino, con gruesos caracteres, un versículo del Corán, lo introduce en la bolsa de cuero rojo y se lo entrega al campesino, que deja caer algunos cobres sobre la mesa.