¿Fuma?

Traducciones
¿Fuma  
Ejemplos ?
Hablando, hablando, a la hora del desayuno se lo ha contado a las compañeras, una mujer ya anciana, aguardentosa de voz, seca de calcañares, amarimachada, que fuma tagarnina, y una mozallona dura de carnes, tuerta del derecho, con magnífico pelo rubio todo empolvado y salpicado de motas de tierra, a causa de la labor.
Desde que la moza se fue, atardece junto con la tarde. Pita para tener una estrella, suspira y duda. Hoy ni siquiera fuma. Hace rato que la tarde se apagó y su pucho también.
«Si me sintiera muy mal, de repente; si diera una voz para no morirme sola, ese que fuma ahí me oiría», sigue pensando la mujer, que aprieta contra un busto delicado, quebradizo, un chal de invierno, tupido, bien oliente.
Todos los días concurre a su oficina, y allí fuma quince o veinte cigarrillos, charlando largamente de la próxima crisis, de la actitud de Lerroux, del crimen más reciente y de la piececilla en el teatro barato, al cual acompañó a sus hijas la semana anterior.
Su padre, el buen turco sólido y estable, de quien quizás había heredado la espalda fornida y esa frente suya de bucráneo, el buen turco humilde, de entusiasmos resoplantes, pero llenos de una inmediata sensatez, exaltado en el bochorno de la íntima tertulia, a una representación de gran turco presidía esta imposible sesión del desahogo pecaminoso y clandestino, blandamente recostado en el diván, en la actitud sultánica del que medita voluptuosidades mientras fuma, como él fumaba al narguilé...
En pie, y separado algunos pasos a la izquierda de la mesa, está el Ministro alguacil con un garrote en la mano. El pueblo fuma, o habla por lo bajo, sentado alrededor de la sala.
El cuarto vástago de doña Calixta es un gaznápiro de doce años, destrozón, sucio y díscolo: hace seis años que va a la escuela y todavía no sabe leer; pero es capaz de beberse, sin resollar, dos copas de ron, si se las pagan, y se fuma cuantas colillas encuentra en la calle: se le educa para militar, y es mucho más bruto y más feo que su padre; se llama Augusto, y jamás se ha visto un nombre peor colocado.
Tiene escasos cuarenta y cinco años, y no fuma, ni vota, ni se enfada nunca; su fuerte es la elocuencia; y como también es erúdito, resuelve de plano cuantas dudas científicas, históricas, ortográficas y etimológicas se le consultan.
¿Se le han concluido a Ud. los habanos? El sabe dónde los hay superiores: con esta especulación fuma gratis una semana. ¿Se le murió a Ud.
Todos los días enviaba al preso, de los exquisitos que él fuma, un cigarro puro, “para que se acordara de él y no le guardase rencor”: son sus palabras textuales.
Los besos largos, las risas claras y el tintineo de las cucharas sobre las blancas tazas de té. Unos comentan el cuento charro; éste que piensa fuma el cigarro mirando el humo subir, subir.
-Laudable previsión, que demuestra orden en la vida, formalidad, juicio... -Lo mismo hubiera yo hecho en su caso. -«Cigarros...». -Fuma ¡Hace bien! ¡Los hombres deben ser hombres! -«Fósforos...».
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