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Terminemos, por consiguiente, tan odiosa conversación, no sin que antes le perdone yo a usted y hasta le dé las gracias por su buena, aunque mal expresada voluntad...
El facultativo, con su ingenuidad acostumbrada, aseguró que del balazo de la frente nada había ya que temer, gracias a la enérgica y saludable naturaleza del enfermo, en quien no quedaba síntoma alguno de conmoción ni fiebre cerebral; pero su diagnóstico no fue tan favorable respecto a la fractura de la pierna.
¡Si en todo el mes que entra no me ahorcan, te ahorco yo a ti, tan cierto como ahorcaron a mi padre! Si muero para esa fecha, quedarás libre. - ¡Muchas gracias! -dije yo en mi interior-.
Este la atajó en mitad de su camino gracias a la más larga de sus muletas que extendió horizontalmente hasta la pared, como un gladiador que se va a fondo, y entonces exclamó con humildad inusitada: -¡No se marche usted, por la memoria de aquella que nos ve desde el cielo!
-¡Este hombre tiene carne de perro! -solía decir el facultativo. -¡Gracias por el favor, matasanos de Lucifer! -respondía el Capitán en son de afectuosa franqueza-.
Iba a responder doña Teresa, apelando al ímpetu belicoso en que consistía su única debilidad (y sin hacerse cargo, por supuesto, de que el pobre don Jorge estaba sufriendo horriblemente), cuando, por fortuna, llamaron a la puerta, y Rosa anunció al Marqués de los Tomillares. -¡Gracias a Dios!
Don Jorge sudaba de dolor. Dióle Angustias un poco de agua y vinagre, y el herido respiró alegremente, diciendo: -Gracias, prenda-.
La nueva desgracia que se ha buscado mi incorregible y muy amado pariente don Jorge de Córdoba, a quien nadie mandaba echar su cuarto a espadas en el jaleo de ayer tarde (pues que está de reemplazo, segun costumbre, y ya podría haber escarmentado de meterse en libros de caballerías), es cosa que tiene facilísimo remedio, o que lo tuvo, felizmente en el momento oportuno, gracias al heroísmo de esta gallarda señorita, a los caritativos sentimientos de mi señora la generala Barbastro, condesa de Santurce, a la pericia del digno doctor en medicina y cirugía, señor Sánchez, cuya fama érame conocida hace muchos años, y al celo de esta diligente servidora...
-Una alondra es lo que tiée usté embragá en el mismísimo cielo de la boca. -Güeno, muchas gracias, y antes de na, voy a contarle a usté una historia.
¡Eso no! -Pues bien: ¡guárdese usted su agradecimiento, que yo, gracias a Dios, para nada lo necesito! Y, sobre todo, hágame el favor de no volver a sacarme estas conversaciones...
¡Que no esté sola en el mundo!... ¡Figúrese usted que hoy le nace una hija!" -¡Gracias a Dios! -exclamó don Jorge dando palmotadas en los brazos del sillón de ruedas-.
Allí forman alegres coros y habitan suntuosos palacios. Junto a ellas viven, entre fiestas, las Gracias e Hímero. Y una deliciosa voz lanzando por su boca, cantan y celebran las normas y sabias costumbres de todos los Inmortales.