Ángeles

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Ángeles

Àngels

Ángeles

Angelus
Ejemplos ?
II Feliz tú que, durmiendo sin dolores, ves quizá suspendidos en gasa de vapores, abrillantados ángeles vestidos de un iris virginal con los colores.
El señor Frasquito penetró en ella con aspecto malhumorado, y arrojando la gorra de hule sobre una silla, sentóse en la banqueta, con la frente fruncida, mientras Ángeles le miraba con interrogadora expresión.
-Pos no se apure usté entonces, padre -dijo Ángeles tras algunos instantes de meditación-; no se atosigue usté, que to se podrá arreglar cantando yo la gallina -y después murmuró sombríamente-: Lo malo será que se entere el Gaviota.
Los miembros de la Suprema Junta Provisional Gubernativa: : Don Antonio Joaquín Pérez Martínez, obispo de la Puebla de los Ángeles.
Hay que advertir que, familiarizados con aquel ambiente, estábamos en el andamio como en un taller, y yo obsequiaba a aquel mundo de santos, vírgenes y ángeles inmóviles y empolvados por los siglos con las romanzas aprendidas en mis noches de “paraíso”, y tan pronto cantaba a la “celeste Aída”, como repetía los voluptuosos arrullos de Fausto en el jardín.
Y ya que al nombrar como el primero de vosotros al Príncipe de Asturias, reúno en un mismo sentimiento de ternura a mi familia por la sangre con mi familia por el corazón, no quiero despedirme de vosotros sin estampar aquí los nombres de los dos ángeles buenos de mi vida: mi Madre amadísima y mi amadísima María Berta.
Dios apretó al niño muerto contra su corazón, y al instante le salieron a éste alas como a los demás ángeles, y con ellos se echó a volar, cogido de las manos.
Y con estos atractivos y otros, como eran su habilidad en can tarse un tango o una «tartanera», como pudieran hacerlo ángeles y serafines, y su inimitable gracia en taconearse cualquiera de los tangos más en boga, poniéndole seco el paladar y fatigoso el aliento a los que tenían la buena o mala fortuna de contemplar sus primores, no era de extrañar, repetimos, que llevara como llevaba ya dos años de cimbel en la taberna de la Chata de los Chícharos, mimada por ésta y por su consorte, el señor Juanico el Talabartero, uno de los más ilustres ejemplares de los que viven o vegetan de upa en Malaguita la bella.
Y, como es natural, de cada palique con el señor Cristóbal salía Clotilde con el corazón más y más dolorido y más y más negro el pensamiento, lo que fue agriando de modo tal su carácter, que llegó un día en que su madre hubo de decirle con acento quejumbroso: -Mira, hija mía, yo te lo digo: esto no puée seguir asín; a ti te ha salío un zarzal en ca poro, y pa darte los güenos días va haciéndose necesario jasta ponerse careta. Ángeles que pintemos tu probe tía y yo, demonios que te parecen, y si to este sinvivir que de pronto se mos ha metío por las puertas, y toíto este jerre que jerre es por mo de Paco, de tu Paco, a quien bien podían...
-¿Y qué tiées tú más que él pa que seas tú el que se lo cuelgue? -exclamó Ángeles con voz ligeramente irritada. Pedro la miró con expresión casi amenazadora, y ...
¿Tú te enteras? -Pus me lo colgaré yo- dijo Ángeles algo intimidada por la mirada de su enamorado. -No, ni tú ni él, que Dios mediante voy a ser yo el que se lo va a colgar, que quieras tú u que no quieras.
Dice el hombre que cuenta la historia Que en la noche dormida se oyeron Tremolar plateado de alas Que en sus ondas llevóse el silencio. ¿Qué sería que el río paróse? Eran ángeles los caballeros. ¡Niños chicos, cantad en el prado, Horadando con risas al viento!